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Los Guerreros Iberos

El carácter del guerrero ibero fue descrito por los griegos, quienes se fascinaron por unos soldados que se lanzaban al combate sin miedo alguno y que resistían peleando sin retirarse aún con la batalla perdida, los guerreros a los que se referían eran mercenarios iberos reclutados por los griegos para sus propias guerras.

Los romanos también volvieron a hacer hincapié después, en el carácter guerrero de los iberos, cuando, una vez eliminada la amenaza cartaginesa, se lanzaron a la conquista de Hispania, coincidiendo con los griegos en el valor y el desprecio a la muerte en la batalla que demostraban los iberos, tanto Roma como Cartago los contrataban como mercenarios. Roma también se refiere al ibero como un soldado muy leal. La "devotio", un juramento que consagraban a algún dios, al cual ofrecían seguramente su vida por la de su caudillo y que los ligaba a él, hacía que esta "guardia personal" jamás sobreviviera a su jefe, ya que tanto si ganaban, como si no, si su caudillo moría, ellos también lo hacían, ya fuese luchando hasta morir, o suicidándose si le sobrevivían en la batalla. Cosa que aprovecharon algunos emperadores romanos, que mediante este ritual sagrado, se rodeaban de iberos porque sabían que tenían asegurada su lealtad y que el valor y el arrojo de estos guerreros, les protegería aún en las circunstancias más adversas y desfavorables.


Armamento

El armamento del guerrero ibero, no era ni mucho menos regular, pero era muy similar independientemente de las distintas tribus.

Escudos

La caetra: el escudo propio de los iberos, un escudo circular no muy grande, que se sujetaba al cuerpo del soldado mediante unas cuerdas, o tiras de cuero, que pasaban por el hombro y que otorgaban gran movilidad para combatir por el terreno tan irregular de la península. Este escudo podía tener variaciones en su protección metálica delantera o umbo.

Escudo ovalado: también utilizaban un escudo ovalado, parecido al de los celtas, y del que se dice procede de él. Ofrecía muy buena protección contra las infanterías pesadas, sobre todo las romanas, con las que más lucharon. Poseían un resistente umbo central que protegía la zona del mango. Su peso aproximado era de unos cinco a siete kilogramos.
Ambos escudos eran adornados con símbolos y colores, sobre todo en el ovalado, en el que sus símbolos han pasado a ser casi un emblema por el que se reconoce a los iberos.

Espadas

La Téne: espada de doble filo y hoja recta de unos 60-90 cm, muy pesada y contundente, su uso se extendió por toda la Galia y por bastas zonas del mundo ibérico, sobre todo la zona nororiental. Los romanos temían mucho este tipo de armas y se horrorizaban por las terribles heridas que causaban. Esto se debía a que, mientras ellos estaban acostumbrados a armas de estoque, este tipo de espadas era de tajo y embestida con tajo, estrategia que producía unas heridas más grandes y escandalosas, y mutilaciones más impresionantes. Todo esto sale citado en las fuentes de la época como Polibio.

Gladius Hipaniensis: la espada de las legiones de Julio César, la espada ibera por definición, la que el Imperio romano adoptó para sus legiones y que bautizaron como "gladius hispaniensis", o sea, "espada española". Era un arma simple pero de gran calidad, y que los iberos utilizaban para "pinchar" al enemigo, cuando avanzaban en formación y cuando el enemigo se descubría, aunque también sería empleada para asestar "tajos". Esta espada no era muy grande, lo que le otorgaba una gran movilidad en las batallas, cuando el espacio era escaso. La hoja se podía utilizar por los dos lados y por la punta, al contrario que la falcata, que sólo se utilizaba un lado, para dar un golpe cortante, o de punta para atravesar al enemigo.

Su forma no era recta de la base a la punta, sino que se estrechaba ligeramente hacia el centro y de nuevo, antes de llegar al extremo, se estrechaba para conformar la punta. La empuñadura de esta arma formaba un disco en su parte central y después otro medio disco en el extremo, así se favorecía el agarre de la espada. Esta espada ha tenido muchas variantes, tanto por parte de Roma, como por parte de las tribus ibéricas con influencia celta, o las propias tribus celtas de la península, aisladas de las tribus celtas del resto de Europa, estos modelos se diferenciaban sobre todo por su empuñadura, que podría acabar en dos esferas, en una, etc.


Falcata: también utilizaron una espada de la que tampoco se conoce su origen, pero que posiblemente fuese de origen griego. Esta espada no tenía mucho que ver con el modelo que parece ser trajo Grecia, ya que esta espada fue remodelada casi por completo. Su curvatura, su forja, su modelado, todo, fue cambiado, o quizás fuese ya así y que los griegos adoptaron de otra manera. Sea cual fuere su origen, esta espada infundía casi tanto terror como la "gladius hispaniensis", se creaba dejando el hierro oxidar, hasta que sólo quedase su núcleo más puro, lo que ofrecía una dureza enorme a la espada. Después, se fundía y se le daba la curvatura, (no todas tenían la misma curvatura) y el tamaño del propio brazo del guerrero, es decir, cada "falcata" era un arma única, ya que variaba la longitud del brazo de su portador y por lo tanto la de su hoja. La medida se tomaba desde el dedo corazón hasta el codo del brazo del guerrero. Esta espada, de igual modo que la "hispaniensis" llevaba acanaladuras en su hoja, para darle más ligereza. Su hoja se utilizaba para pinchar con la punta y para dar tajos por la parte inferior de la espada. Las empuñaduras de estas armas, solían tener forma de cabezas de animales, como caballos y aves. Formaban un óvalo que rodeaba la mano y que se cerraba en su parte de los nudillos, para poder dar golpes con la empuñadura si era preciso, pero se hacía, sobre todo, para proteger la mano de los ataques con espada de los enemigos.

Otras espadas: también se han encontrado espadas que parecen ser rituales, o que por lo menos no eran muy utilizadas por los guerreros. Hay ejemplares de espadas largas, seguramente utilizadas por los celtas y que no gozaban de mucha fama entre los iberos, por ser armas que ofrecen poca movilidad y que sólo pueden ser utilizadas para golpear de arriba abajo cayendo sobre los hombros, limitando muchísimo al guerrero en los combates.

Lanzas

Las lanzas eran armas muy presentes en los ejércitos iberos, tanto las de cuerpo a cuerpo como las arrojadizas. Las lanzas solían tener dos puntas, la principal en la parte superior y la secundaria, más pequeña y débil, en su parte inferior, que se utilizaba para pinchar al enemigo, cuando caía al suelo, o cuando se rompía la punta principal. El arma constaba de tres partes: el asta, que era por así decirlo, el palo al que iban sujetas las otras dos partes, la punta principal, y la punta inferior en forma de cono estrecho. Para sujetar las dos puntas, se solía incrustar a presión en la madera, para evitar así que se moviesen o se soltasen, como podía pasar con las que estaban atadas, otorgando así más resistencia y dureza en el arma.

Armas arrojadizas y de proyectiles

Las armas utilizadas para desbaratar y aniquilar las líneas enemigas, utilizadas por los iberos eran muy variadas, pero la que controlaban con más destreza y de las más efectivas eran la honda.

El soliferrum: era un arma hecha de hierro completamente, más larga que un hombre. Se utilizaba para lanzarla, aprovechando el peso y la superficie circular en punta de esta arma, para conseguir atravesar cualquier escudo y armadura enemiga. Se podía utilizar un palo, a modo de resorte, que le otorgaba mayor empuje al soliferrum.

La honda: esta arma simple y arcaica, a simple vista puede parecer poco menos que inofensiva, pero no es así, un proyectil lanzado por un hondero, podía matar de un único golpe al enemigo. La fuerza centrífuga de la que se vale la honda, sumada al peso de los proyectiles, que eran lanzados a la vez y en gran número, podía hacer estragos en las líneas enemigas, ya fuera por la mortandad que causaba, o porque deshacía las líneas enemigas desorganizando y abriendo huecos en su caballería y su infantería, lo que propiciaba un mejor ataque.


El arco: se tiene constancia de que el arco era utilizado por los iberos, aunque era prácticamente relegado para la caza de animales. La honda hacía mejor el papel de arma a distancia para los iberos.

Hachas

Hacha bipenne: aunque poco comunes, parece ser, que las tribus del norte de la península, podrían haber utilizado este tipo de hacha.

Puñales y cuchillos

Pugio: es un puñal que también adoptó Roma para su ejército. Medía un palmo (del dedo corazón hasta la muñeca), muy parecido a la gladius hispaniensis.

Cuchillo afalcatado: este cuchillo se llevaba en la vaina de la falcata, junto con otras puntas de lanzas de repuesto. También se solía utilizar en rituales de sacrificio de animales.

Corazas y protecciones

Había varios modelos de coraza: la circular, la de escamas y la de anillas.

Circular: la armadura por excelencia de los iberos era una simple pero efectiva coraza, que cubría las partes más vitales del pecho y de la espalda. Se ponía sobre una especie de coraza de cuero y sobre una superficie acolchada para amortiguar los golpes contra el cuerpo al pararlo. Solía estar decorada con una cabeza de lince, un animal sagrado, vinculado con el mundo de los muertos, quizá haciendo ver que el dios del inframundo les protegía y la muerte huía de él. Se sujetaba pasando por el hombro y debajo de los brazos, lo que también ofrecía en menor medida una pequeña protección contra los tajos de las espadas.

Escamas: era una protección, a modo de piel de serpiente, que ofrecía movilidad y a la vez una buena protección, aunque no se sabe cómo se hacían, ni cómo se sujetaban las placas de escamas –se han identificado con unos fragmentos hallados en la necrópolis de Almaluez (Domingo 1982: Lam. IV,4), aunque se adscriben a una época anterior. Algunas placas encontradas en Numancia se han interpretado como parte del revestimiento de las corazas de lino (Taracena 1954: 268).

Había varios modelos, uno cubría únicamente el torso por delante, otro que cubría además de esto, los laterales, y la más completa, que cubría pecho, laterales y espalda. Debajo de estas protecciones se solía llevar una faltriquera de tiras de metal, parecida a la protección de anillas de los celtas. Todo combinado para ser una infantería pesada resistente y móvil.

Anillas: está protección llegó a manos de los iberos, por la influencia de los celtas, y consistía en anillar a un anillo de metal otros anillos y estos anillos a otros y así sucesivamente. Esta protección, aunque un poco pesada, ofrecía mucha movilidad y una buena protección contra los tajos. Solía cubrir desde el cuello hasta la pierna, además se añadían unas hombreadas de anillas también, para proteger los golpes de filo de las grandes espadas celtas.

Protecciones de cuero: además de estas corazas, solían llevar protecciones de grueso cuero curtido, para que los tajos "rebotaran" y no les hiriesen los filos de las espadas al utilizarlos de esa manera. Estas protecciones se solían llevar sobre todo con la coraza circular, era una especie de capa que se introducía por la cabeza y que terminaba en forma de pico por delante y detrás, llegando hasta un poco más abajo de la cintura. También hacían hombreras de este material con el que se protegían la parte superior de los tajos de las espadas y que también ofrecían una superficie que les protegía del contacto de las tiras de cuero que de las que llevaban colgadas los escudos y a veces las espadas.

Protecciones de lana prensada : eran protecciones que se utilizaban para amortiguar los golpes de proyectiles de las hondas, como los tajos de las espadas amortiguándolos y rechazándolos. También se ponían debajo de las corazas para evitar el contacto directo con el metal y para ofrecer una protección suplementaria a éstas.

Grebas

Además de la parte inferior se necesitaba proteger las piernas en los combates. Las grebas eran de metal, recubiertas en su interior de un material lanoso en la parte inferior para evitar el contacto del metal con la piel. Se ataba con con dos tiras de cuero alrededor de la pantorrilla, o una sola tira más ancha. Se utilizaban tanto dos grebas (una en cada espinilla) como una sola greba (en una pierna); ya por carecer de medios para proporcionarse ambas o porque generalmente en los soldados de infantería, se portaba el escudo con el brazo izquierdo y, para protegerse se adelantaba éste y la pierna izquierda, quedando detrás, presto para ser usado, el brazo armado con el soliferrum o la falcata. Por ello, la pierna adelantada se protegía con la greba de bronce.

Cascos

Hay también varios modelos de cascos, unos propios y otros adquiridos por el comercio y por el trato con otros pueblos. Los había de cuero, metal, redondos, en pico, etc.

Cuero: los de cuero eran lo más comunes, solían ponerse en la cabeza de manera que cubriera la cubriera procompleto, orejas incluidas. Se le ponía fieltro prensado por la parte interior para acolchar la protección y amortiguar los golpes recibidos, no dejando que la cabeza los sintiese en exceso. Iba adornado comúnmente con una crin de caballo tintada en rojo que iba en la punta o en la parte superior y caía por debajo de la nuca en forma de coleta suelta. Otra forma de adornarla, era con una especie de cabeza de animal delante que iba hasta el cogote en forma de tubo y del que caía una coleta suelta, igual que el adorno anterior. También podía sin ningún tipo de adorno.

Escamas de metal: los cascos utilizados para la infantería pesada solían ser de metal, ya que la situación requería una mayor protección frente a soldados mejor armados y protegidos. Se utilizaba con la protección de escamas, era un casco parecido al celta, de una sola pieza, que iba formando escamas hasta acabar en pico.

Celta: este casco se utilizó sobre todo en los territorios de influencia celta. Era un casco liso, acabado en punta larga, que sólo cubría la parte superior de la cabeza. Los más comunes solían llevar carrilleras que caían del casco protegiendo las mejillas de los soldados, aunque los iberos preferían no llevarlas, porque decían que les molestaba en la lucha. También llevaban una protección en la nuca para evitar cortes decapitantes en el cuello.

Otros cascos: existía otro casco, utilizado sobre todo en la zona turdetana de Iberia, que era parecido al de cuero, pero más largo, caía sobre los hombros y llevaba también la crin de caballo. No se sabe con que material se hacía este casco, ya que no se ha encontrado ningún ejemplar de él en las excavaciones.

Extraido en Wikipedia  
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La Falcata: Un Arma Terrible

Un arma Ibera y Celtibera terriblemente letal de origen Egeo
La falcata es un tipo de arma blanca, una espada de hierro originaria de Iberia, y relacionada con las poblaciones indígenas ibéricas anteriores a la conquista romana, fue muy usada entre los pueblos iberos o los celtíberos limítrofes con los primeros, siendo la espada de "antenas" más común en la zona más céltica de la Península.

Fue durante muchos siglos, el terror de las legiones romanas.
Falcata del siglo IV a. C., en el M.A.N. (Madrid). Sus dimensiones son similares al gladius, la espada corta romana, con aproximadamente medio metro de hoja; posiblemente habría influido en los diseños posteriores del gladius, especialmente en el gladius hispaniensis, cuya evolución tendería hasta la característica forma recta de la hoja.

De todas formas es posible que esta influencia sobre las armas cortas romanas viniera dada por la espada de antenas, también frecuente en la Iberia prerromana, y de origen celta. Pese a que su forma sugiere su empleo como arma de filo, la frecuente presencia de contrafilo en los ejemplares recuperados (el filo del borde contrario al filo principal, que ocupa cerca del tercio más próximo a la punta) parece apuntar a que también era posible su uso como arma de estocada.


La calidad del hierro que servía para la construcción de las armas hispánicas fue alabada por los cronistas romanos, que quedaron sorprendidos por su capacidad de corte y su flexibilidad, una de las características más estimadas y buscadas en la manufactura de las mismas.

El hierro se sometía a un tratamiento de oxidación (enterrando las planchas bajo el suelo entre dos y tres años) eliminando así las partes más débiles de este. La hoja se realizaba forjando tres láminas y uniéndolas en caliente, de las cuales la central presentaba una prolongación para la empuñadura, desplazada normalmente hacia un lado respecto al eje de simetría de la espada, y con forma de cabeza de caballo o grifo.

La empuñadura iba decorada con cachas de hueso o marfil, y solía unir la cabeza del animal a la guarda con una cadenilla.


Empuñadura de la falcata de Almedinilla, siglo IV o III a. C., en el M.A.N. (Madrid). La hoja presentaba a veces acanaladuras en el filo no cortante, que permitirían aligerar el peso del arma, así como decoración en damasquinado o ataujía, rellenando las incisiones realizadas en la hoja previamente con hilos de plata. Un bello ejemplo de esta técnica puede constatarse en la falcata de Almedinilla (Córdoba).

Como nota curiosa que refleja la efectividad de estas armas queda el hecho de que, tras los primeras batallas en la Península Ibérica, se dio la orden a las tropas romanas de reforzar con hierro los bordes de sus escudos, posiblemente para contrarrestar la potencia de corte de las falcatas, muy superior al de las espadas rectas y los sables. El machete moderno es muy parecido a la falcata, debido a que la forma se debe a su mayor facilidad de fabricación.


Extraído de Wikipedia

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La Romanización de Hispania

Es la incorporación de pueblos a la civilización de la Roma clásica en todos los aspectos. Y recíprocamente la asimilación por ellos de esa civilización de la Roma clásica. El hecho de que los romanos no vinieran a traer la civilización, sino a imponer su dominio y su explotación en beneficio de Roma y en particular de los ocupantes romanos que venían a hacer su carrera política (el cursus honorum) y a enriquecerse, no impidió que se produjese de hecho también la llegada y la asimilación de la civilización clásica.

Todos los pueblos de Hispania se romanizaron al final y en todos los aspectos. Por ejemplo en el idioma. Los pueblos de Hispania, no sólo aprendieron el latín, sino que lo hicieron su idioma propio e incluso olvidaron el suyo prerromano, excepto los vascones, que mantuvieron y desarrollaron el vasco junto al latín y el navarro romance, su derivación posterior.

Idiomas como el tartesio, el ibero, el celta, el fenicio..., todos desaparecieron, algunos de ellos, de pueblos mucho más cultos que los vascones.


Fases de la romanización: En una primera fase, los pueblos de Hispania son sujeto pasivo de romanización: son conquistados o integrados militar y políticamente, organizados, explotados, reciben el idioma y la cultura de Roma, y a través de Roma, la de Grecia.

Muchos de esos pueblos prerromanos de Hispania ya habían recibido en diversos grados la civilización griega y la púnica de fenicios y cartagineses. En la segunda fase de la Hispania romana, los pueblos hispanos romanizados son sujetos activos y creadores de cultura y civilización en el mundo romano: aportan literatos, artistas, filósofos, científicos y técnicos, políticos. Sus productos son básicos en la economía y compiten con ventaja con los de Italia. Hispania, España, surge ahora como unidad cultural y política durante la época romana, que dura siete siglos (218 a. J. C. - 476 d. J. C).

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El Estado es el romano. Hispania está integrada en él como un conjunto plural de provincias. Ese mismo conjunto y con el mismo nombre de Hispania, España, siempre ya, tendrá un Estado propio con la monarquía visigoda: el reino de España (Hispania).

La religión romana superpuesta a las prerromanas va dando paso a la religión cristiana desde la época romana a la visigoda. El origen de Europa se produce por la integración de los tres elementos: la civilización clásica grecolatina, su cristianización y la entrada de los pueblos bárbaros en la civilización clásica cristianizada.

El comienzo de este origen de Europa es durante el Imperio romano y la culminación de esta génesis de Europa es en la Edad Media. Así también se va produciendo la génesis de España como uno de los conjuntos de reinos que constituyen la originaria y genuina Europa, los reinos de la Cristiandad: al irse integrando los pueblos prerromanos hispanos en la civilización clásica con la romanización que inicia el origen de Hispania, España, su cristianización, que culmina este origen, y la entrada e integración en ella de los invasores que se cristianizan. (Atlas Histórico Santillana)

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La predicación de san Pablo en España parece que fue el año 65 y está anunciada en su Epístola a los Romanos (15, 24 y 28). Está documentada también en Clemente Romano, en el Códice Muratoriano y en el escolio editado por Mattei (JB. Weiss, III, 770) La romanidad cristianizada de los pueblos de España (Hispania), que la enraíza en la Europa de la Cristiandad, está triplemente potenciada por la militancia y combatividad de España en su defensa en la Reconquista, en la resistencia frente al Imperio Islámico turco y frente a la revolución protestante, mientras la extendía por las Indias de América, Asia, África y Oceanía.


Asentamientos romanos
Aunque la influencia romana tuvo gran repercusión en las ciudades ya existentes en la península, los mayores esfuerzos urbanísticos se centraron en las ciudades de nueva construcción, como Tarraco (la actual Tarragona), Emerita Augusta (hoy Mérida) o Itálica (en el actual Santiponce, cerca a Sevilla).

Los municipios romanos o colonias se concebían como imágenes de la capital en miniatura. La ejecución de lo edificios públicos corría a cargo de los curatores operatum o eran regentados directamente por los supremos magistrados municipales.

Para emprender cualquier obra a cargo de los fondos públicos era necesario contar con la autorización del emperador. El patriotismo local impulsaba a las ciudades a rivalizar para ver cuál construía más y mejor, animando a los vecinos más pudientes de los municipios. La sed de gloria hacía que sus nombres pasasen a la posteridad asociados a los grandes monumentos.

Las obras públicas acometidas con fondos particulares no estaban sometidas al requerimiento de la autorización del emperador. Los urbanistas decidían el espacio necesario para las casas, plazas y templos estudiando el volumen de agua necesario y el número y anchura de las calles. En la construcción de la ciudad colaboraban soldados, campesinos y sobre todo prisioneros de guerra y esclavos propiedad del estado o de los grandes hombres de negocios

Extraido en http://recursos.pnte.cfnavarra.es/
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Celtas, Iberos y Celtiberos.

Es muy difícil distinguir los pueblos celtas o gaélicos entre los primeros grupos de indoeuropeos que penetraron en la Europa occidental y central. Sin embargo, es prácticamente seguro que participaron, junto a itálicos e ilirios, en la rápida y espectacular expansión de la Cultura de los Campos de Urnas del siglo XIII a. C., protagonizándola en la Europa occidental. En esta primera oleada, descendieron por la margen derecha del Ródano, ocupando Languedoc, Cataluña y el bajo valle del Ebro. Otra línea de expansión celta los llevó a Bélgica y el sureste británico.


Julio César ya había luchado contra ellos durante su conquista de la Galia y, con el tiempo, los romanos les arrebataron también sus dominios británicos e ibéricos. A finales del Antiguo Imperio Romano (476 d. C), los celtas tan sólo ocupaban partes del noroeste de Francia, Irlanda, Gales y algunas zonas de Escocia. Durante el transcurso de la Edad Media, reforzaron su control de Escocia e hicieron varios intentos de ampliar su territorio en Inglaterra.


A partir del siglo VIII a. C., los celtas participaron junto a los ilirios de la cultura de Hallstatt (Hierro-I), extendiéndose en esta fase por el interior de la Península Ibérica (siglo VII a. C.). En el siglo VI a. C. compartieron, sin embargo, el noreste ibérico con los íberos. Así, los celtas de Iberia iniciaron un desarrollo paralelo al de sus compatriotas continentales.


Desde el siglo IV a. C. los celtas continentales inauguran la cultura de La Tène, específicamente celta (Hierro-II). 


En esta fase, los celtas acabaron de ocupar el norte y centro de Francia (la Galia), el norte de Italia, así como la mayor parte de las islas británicas. También se extendieron por los Balcanes, alcanzando incluso una comarca de Asia Menor, que será conocida como Galatia. 


En esta época se construyen importantes villas fortificadas (lat. oppidum; pl. "oppida"), que sirven de centros comerciales y políticos. Es también en este período cuando el druidismo se extiende entre los celtas. Contrariamente a lo que se cree, los druidas no tenían templos de piedra ni arqueológicamente se ha podido enlazar el druidismo celta con Stonehenge, siendo la cultura megalítica anterior en varios milenios a la cultura celta y al fenómero del druidismo. 


Este error de asociar la cultura megalítica atlántica (presente en las islas británicas, Francia y España) con Stonehenge está muy extendido entre la gente por ser un invento del romanticismo del siglo XVIII. Como ejemplo: los celtas ibéricos no conocieron el fenómeno druídico, pero en España hay muchos restos megalíticosA partir del siglo II a. C., los celtas acusan la creciente presión militar de los germanos por el norte y, algo después, la de los romanos por el sur. 


En pocas décadas toda la Galia está ocupada por los romanos. La presencia romana en Gran Bretaña fue de escasa duración, lo que permitió a las lenguas celtas de esta isla (galés) sobrevivir y, más tarde, regresar al continente (Bretaña francesa). Todavía en el siglo VII d. C. los celtas llevaron a cabo su quizá última expansión: los escotos irlandeses invadieron Caledonia, región que pasó a ser llamada Escocia. Entre los restos arqueológicos celtas destacan los castros y los petroglifos (nota: muchos petroglifos son mil años anteriores a la cultura celta, aunque se seguirán haciendo durante el periodo celta), que se encuentran con frecuencia en el noroeste de la Península Ibérica. 


Los pueblos y cultura célticas tuvieron una fuerte presencia, documentada por Plinio y otras fuentes, como el Leabhar Ghabhála Érenn, en el noroeste de la Península, en lo que es hoy la actual Galicia, el norte de Portugal, y la parte occidental de Asturias y León, asimilándose a la cultura castreña preexistente.


Celtíberos
El territorio peninsular sobre el que se asientan los recién llegados (preceltas)estaba habitado por pueblos preíberos (a parte de geográfico, íbero es un término cultural). Se discute mucho si se produjo un desplazamiento, una conquista, una alianza, asimilación, pacto o fusión entre celtas e íberos (de buen grado o como siervos). Los datos disponibles son contradictorios y las teorías de los autores difieren sobre el tema. Incluso podría darse una mezcla de todas las opciones posibles ya que las densidades de población y los recursos disponibles son muy especulativas.


Las relaciones e influencias mutuas cambiaron con el paso del tiempo. Se atestigua una gran presencia precelta en zonas la Bética (actual Huelva, Sevilla) que se intentan explicar mediante la presencia
de siervos, mercenarios o bolsas aisladas de colonos. Lo evidente es que en la penín
sula Ibérica falta realizar una campaña arqueológica seria que pueda dar datos fiables que permitan reconstruir el pasado.


Las primeras referencias escritas sobre los celtíberos se deben a geógrafos e historiadores greco-latinos (Estrabón, Tito Livio, Plinio y otros, aunque su estudio, que arranca del siglo XV, no adquiere rango científico hasta los inicios del siglo XX (marqués de Cerralbo, Schulten, Taracena, Caro Baroja, etc.), cobrando renovado impulso en los últimos años. 


Pese a este excepcional acervo literario, aún hoy se discuten aspectos claves para su definición: los confines de su solar, su verdadera personalidad o su propia genealogía.


Las fuentes clásicas son muy imprecisas respecto a su territorio, aunque podemos considerar que los celtíberos históricos se extendieron con seguridad por las provincias de Soria y Guadalajara, buena parte de La Rioja, este de Burgos, oeste de Zaragoza y Teruel, quizás norte de Cuenca y Asturias; diferentes interpretaciones amplían este marco hacia oriente y occidente. Pueden ser considerados como un grupo étnico, ya que incorporan entidades menores (arévacos, tittos, bellos y lusones, resultando polémica la inclusión de vacceos, pelendones y berones), sin que ello signifique la existencia de un poder centralizado y ni siquiera de una unidad política, salvo quizás, y de forma coyuntural, con ocasión de los acontecimientos militares del siglo II a. C.


Dado lo heterogéneo de la información literaria y de las evidencias arqueológicas de la cultura celtibérica, resulta difícil definirlos a partir de un único rasgo; no obstante, nos consta que hablaban una misma lengua, el celtibérico, cuyos testimonios escritos (utilizando el alfabeto ibérico), aunque tardíos, se extienden por un territorio que viene a coincidir básicamente con el descrito.


Según la visión tradicional, se explicaba su origen como resultado de la fusión entre celtas e iberos. En la actualidad, a partir de recientes estudios genéticos, se entienden como fruto de la evolución experimentada por algunos pueblos célticos peninsulares de la primera Edad del Hierro, sobre los que posteriormente ejerció una marcada influencia la cultura ibera.


La cultura de los celtíberos hizo suya la herencia de los iberos, de quienes adoptaron el sistema de escritura. Tras la caída de Numancia en el 133 a. C., su territorio pasó a formar parte de la provincia romana Hispania Citerior.


Los primeros textos celtíberos pueden fecharse aproximadamente entre principios del siglo II a. C. y el I d. C. El alfabeto utilizado en los textos más tempranos es el ibérico, que no resulta del todo adecuado para representar los distintos sonidos de la lengua celtibérica. El alfabeto latino ya está presente en algunos de los textos más tardíos. Muchas de las inscripciones contienen una fórmula onomástica estereotipada, como la que puede encontrarse en una lápida localizada en Ibiza: "Tirtanos de la familia de Abolus, hijo de Letondu, de Kontrebia Belaiska".


Existe también un buen número de monedas grabadas con el nombre celtíbero de la ciudad o de los habitantes de la ciudad en donde aquéllas fueron acuñadas. Además, se han encontrado 20 tesserae hospitales grabadas, pequeñas placas de bronce utilizadas como símbolo de pacto entre dos partes, generalmente entre un individuo y una comunidad, con las que el portador podía solicitar hospitalidad a lo largo de sus viajes. La mayoría de estas inscripciones son muy breves, con la excepción de la tessera de Luzaga (24 palabras).


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