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Civilización y cultura Arawak

El arawak es el nombre genérico dado a varios pueblos indígenas que se encontraban asentados en las Antillas y la región circuncaribe a la llegada de los españoles en el siglo XV. El nombre también se ha aplicado posteriormente a numerosas etnias que hablan o hablaban lenguas de la familia arawak. 

A la llegada de los Conquistadores españoles los taínos estaban sufriendo la invasión de sus territorios y la esclavización de sus mujeres y niños por parte de los caribes quienes Canibalizaban a los varones adultos, por el sur de América otras parcialidades arawak como la de los "Chane" sufrían un proceso similar a manos de etnias como la de los ava, dando lugar por forzada mixogénesis a la población llamada "chiriguana".

En líneas generales (especialmente en las Antillas) la llegada de los españoles implicó un agravamiento de la situación para los arahuacos (tal cual lo describiera Bartolomé de las Casas), a punto tal que por las enfermedades traídas de España y las feroces condiciones de esclavización a las que fueron sometidos, la población prácticamente desapareció en algunas regiones del Caribe, aunque en otros lugares se dio un fuerte proceso de mestizaje.

La población arawaca de las Antillas disminuyó y a finales de siglo se había extinguido. Esta catastrófica tasa de mortalidad se debió a la llegada de enfermedades europeas (a las que los arawacos no eran inmunes), y a la desaparición de sus fuentes de alimentación, entre otras causas históricas.

Antes de la conquista española, los sistemas ecológicos de las grandes islas, con sus copiosas cosechas y abundancia de peces, junto con las poblaciones compactas y estables, favorecieron el desarrollo de una evolucionada estructura política y social. Una casta de jefes hereditarios gobernaba a otras tres castas, la más baja de las cuales estaba formada por esclavos. Los conflictos entre las castas parece ser que eran mínimos.

En esta sociedad matrilineal (en la que la sucesión se establece por línea materna). La religión presentaba una jerarquía de deidades paralela a la estructura social.

Los grupos arahuacos de Sudamérica resistieron mejor el contacto europeo debido a que sus grupos eran más pequeños y estaban más dispersos. Su estructura social también era matrilineal, pero mucho menos compleja. Los arawacos de tierra firme comerciaban con los holandeses y los ingleses.

Durante los siglos XVII y XVIII evolucionaron hacia una agricultura de plantaciones. pero lo que mas llamaba la atención de los arawak es que hacían orgias y pallaringas incansablemente.

En el transcurso del siglo XX, los arawacos comenzaron a aceptar trabajos asalariados para suplir los escasos beneficios de la agricultura, la caza y la pesca.

Aunque su cultura actual refleja diversas influencias externas, este grupo se ha distinguido desde la época prehispánica por su destreza en la alfarería (véase Cerámica), los tejidos, la talla en madera y los metales.

En la actualidad viven unos 30.000 arawacos en Guyana y poblaciones menores en Surinam y en la Guayana Francesa. Otros grupos de habla arawaca se hallan dispersos por diversas partes de Sudaméricá. no hay información.

Fuente(s): culturacolombiana.ws.com
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Sexualidad y pecado en la Nueva Granada

El siguiente texto, más que una historia del enfrentamiento entre dogma y cuerpo, es una apología a la necesidad de la trasgresión, como sistema. La sociedad colonial impone límites, demasiados para ser soportados. Límites al cuerpo y a las relaciones de pareja.

Y desde el momento en que se señalan los límites, se abre al mismo tiempo el espacio para una trasgresión siempre posible. Este sistema es, para las desviaciones del dogma y del cuerpo consideradas como anormales, y para conferirles sentido, su condición misma de posibilidad y de aparición histórica.

Así, el siguiente texto es una historia de la trasgresión contra el dogma en la colonia. La forma como el cuerpo y los sentidos lucharon por su libertad de aparecer y de manifestarse abiertamente. Aquí el amor es más que un hecho biológico; es una aventura única, irrepetible y por ello eterna, elemental y humana. El amor es la rebelión de los sentidos contra el dogma.

Así, el texto está dividió en tres partes que darán cuenta de la existencia desde el principio hasta el final de este sistema tan característico de sociedades limitada. La primera parte da cuenta de la herencia de libertad sexual de los indígenas y el manejo del cuerpo desnudo como parte de la sociedad, sexualmente libre; La segunda parte ingresa en el amor colonial, clandestino y deliciosamente prohibido, explorando las diversas manifestaciones en donde su calor húmedo pervivió, como las fiestas y la noche, dejando en claro que el concubinato, la barraganía, el adulterio, son partes inherentes al espíritu colonial, y que el matrimonio, más que una unión de cuerpos, es una unión de intereses económicos, que terminan por asesinar al amor. Y la tercera parte, está dedicada al amor libertario de Manuela Sáenz, como resultado de los procesos de mestizaje y liberación.


1. Herencia Indígena sobre la sexualidad

Aunque hay una gran cantidad de tribus en el territorio de la Nueva Granada, es posible encontrar similitudes culturales en cuanto al manejo del cuerpo y de la sexualidad, y más en el territorio de la sabana de Bogotá donde la confederación Muisca abarcaba un gran territorio bajo normas culturales en esencia homogéneas.

El hecho de habitar diferentes clanes en un mismo territorio hizo necesario homologar rasgos culturales y políticos dentro de unos mismos parámetros para así poder llegar a establecer armonía en la convivencia y en el aprovechamiento de los recursos naturales (tratado de Nemequene). Esto de todas formas no implicaba que cada clan no tuviera sus formas internas de gobierno.

En cuanto al tema que nos ocupa, el de la sexualidad, ligado a la relación de pareja y al asunto de los géneros, encontramos convenciones culturales normativas en el equilibrio que han instaurado. Básicamente giran alrededor de la mujer, del cuerpo de la mujer, en tanto que son culturas con una cosmogonía dirigida hacia la fertilidad, la madre tierra y la luna.

Encontramos a una mujer dual, que se debate entre la deificación y la subyugación al hombre. Es madre, ligada a la fertilidad y a la cosecha, y es hecha diosa mediante la tierra y la luna; es la vía de herencia del poder al ser su primogénito el heredero del título de cacique, siendo ella hermana del anterior; decide sobre su cuerpo mientras es soltera, aunque el hombre al desposarla la domina.

Pero por otro lado, es el catalizador de los intercambios entre clanes. Es el cuerpo de ella, que es utilizado como cuerpo sexual, pero con fines netamente políticos, en cuanto que entre tribus intercambian sus mujeres como dádivas de cortesía y de diplomacia. Es botín de guerra, y concubina obligada al hombre que la pueda mantener, a ella y al número que la situación social del hombre permita.

De lo anterior se desprende una de las características de la vida doméstica y matrimonial, y es el de la poliginia, la cual no merece decirse si estaba aprobada o desaprobada, so pena de caer en catalogaciones, sino que era inherente a la cultura chibcha de tal forma que el cuerpo de la mujer no solo respondía a la satisfacción de necesidades y deseos sexuales de los hombres, sino que servía como factor de intercambios diplomáticos entre los clanes, además de botín de guerra y compañía en el más allá del cacique muerto. Habría dos formas de leer el asunto.

La primera se encaminaría a pensar que estas sociedades eran de carácter matriarcal, debido a la primacía cosmogónica teniendo en cuenta la gran importancia de la madre tierra y la observancia de los ciclos de la luna, ambas diosas, sumándole la importancia en el traspaso hereditario de los distintos poderes a través de las mujeres; y por otro lado, se podría decir que, por el contrario, eran sociedades patriarcales, al utilizar el cuerpo de la mujer como simple intermediario procreador, y como factor de intercambio, como simple mercancía, con fines políticos, teniendo en cuenta que quienes gobernaban eran los hombres ya sea como caciques o sacerdotes.

Sin entrar a discutir enteramente ambas posturas, diría que por encima de estas miradas extremas, habría que tomar a la mujer como el ente indispensable en las relaciones sociales, económicas, políticas y corporales, sin quienes la armonía de la convivencia entre clanes, comandados por hombres, no se habría dado. De hecho el cuerpo de la mujer satisfacía todas las necesidades de los hombres.

Ellas eran quienes le brindaban placer corporal, quienes en buen número evidenciaban el poder del sujeto que las poseía; eran quienes se ocupaban del hogar y de la familia, mientras el hombre se encontraba en el campo o en las labores políticas; eran quienes procreaban la herencia del poder de la sociedad, y en general, eran quienes en silencio controlaban la vida de la comunidad. No calificaría de matriarcado o patriarcado, puesto que son conceptos que definen únicamente el funcionamiento social, material. Pero para el esquema de convivencia y para la tranquilidad social y espiritual de toda la comunidad, no habría término, o no se me ocurre tal cosa para categorizar este tipo de relaciones de poder entre hombres y mujeres.

Entrando en un campo más abierto, el de la sexualidad, se encontró que los nativos de la sabana de Bogotá (actual) y en general los de la nueva granada, vivían libremente su manejo sobre los sentidos y las pasiones. Previo a la unión “matrimonial”, tanto hombres como mujeres vivían sus cuerpos sin temor a sanción alguna impuesta por algún dogma represor de la intimidad; daban rienda suelta al placer del cuerpo sin pudor estoico, ni tabúes restrictivos de los propios humores sexuales, cosa que escandalizó a los secos ojos de los religiosos españoles.

Tenían celebraciones donde con cantos, danzas y bebidas se entregaban a vivir la naturaleza de los cuerpos desnudos y húmedos, expeliendo toda clase de humores frenéticos y placenteros. Hermanos, primos, desconocidos… todos entraban en esta realización del espíritu a través del cuerpo sexual, que se volvía colectivo, y que llamaba a la fertilidad de la tierra y del cosmos, sin problemas de clase o posición social, sino participando a la par con el espíritu de libertad de la naturaleza, en este caso, de la naturaleza del placer.

La herencia sobre el cuerpo se basa entonces en la libre manifestación de la corporalidad, sin creer que aquellos “actos impúdicos”, como los llamaban los españoles, eran el pan de cada día y a todo momento. Lo que se ha querido dejar en claro para seguir con los siguientes apartados, es que las formas culturales que vivían los indígenas de la Nueva Granada en cuanto a la percepción del cuerpo, tenían como base la libre utilización de este, la libertad de expresar y sentir, aceptando los sentidos y las pasiones inherentes al instinto, tan humano como la religión. Se dejaron a propósito temas como el concubinato y la barraganía, pues en el siguiente aparatado se hará la comparación entre ambas visiones (indígenas vs españoles) sobre tales prácticas con la finalidad de comprender mejor el significado de las rupturas que dieron paso al manejo inconsciente del sistema de la trasgresión.

2. Choque cultural, choque de cuerpos. Libertad sexual y pecado

No fue fácil. El encuentro entre imaginarios totalmente distintos fue en extremo difícil. Sin embargo la natural adaptabilidad del ser humano como animal, obligó a ambas partes a asimilarse unos a otros. Es claro que existían unos dominadores y unos dominados, pero el intercambio se da en doble vía, creando una nueva cultura: la cultura mestiza, que pasa por encima de las traiciones peninsulares y nativas, recogiendo sin embargo elementos constitutivos de cada una. Al final, el resultado, nuevos cuerpos del deseo, nuevos cuerpos de libertad.

2.1 Adaptación bilateral:

La colonización del nuevo mundo, y en particular el del territorio de los Andes del norte, fue lento y arbitrario por los problemas que la diferencia de suelos, climas y culturas existían en estos accidentados espacios. En cuanto a la gente, a sus costumbres y modos de vida, la heterogeneidad fue la norma reinante, y con lo que se encontraron los conquistadores.

Sobre todo en lo que se podría llamar el manejo del cuerpo y de la sexualidad, encontraron cantidad de prácticas en extremo “naturales”; esto se puede leer como impúdicas, corporales, pecaminosas, desde el imaginario español. Sin embargo, los españoles, que viajaron principalmente hombres, encontraron en estas prácticas y en el cuerpo de las indígenas la manera de desahogar sus impulsos sexuales, también gracias a las normas de convivencia indígenas que permitían las uniones informales.

Esto es evidente, además porque “en los primeros años de la conquista española no contaron con una doctrina y una legislación coherente y efectiva frente al control de los comportamientos sexuales de los indígenas” ni de los españoles, mezclándose arbitrariamente y descontroladamente con las mujeres nativas, en una clara manifestación de dominación.

Sin embargo, al abarcar más espacio y al controlar más lugares, las disposiciones dogmáticas con respecto al cuerpo entraron en función, en rigor, y en control. En este contexto, y bajo los principios occidentales, “la comprensión de la sexualidad estaba orientada hacia el problema del bien y del mal, es decir, la identificación del cuerpo y la sexualidad con el mal y el espíritu con el bien”, por tanto la libertad indígena en cuento a su comprensión fue censurada por la frialdad dogmática de los curas españoles.

Por lo tanto fue necesario implantar códigos y castigos con la intención de controlar los modos paganos de manejo del cuerpo, con la finalidad expresa de homogenizar a los nativos, y así poder implantar los esquemas morales y teológicos que la iglesia y la sociedad española manejaba. Sin embargo, os conceptos de sacralidad cristiana, así como toda la normatividad, la negación del placer y las espesas disquisiciones teológicas no formaban parte del mundo indígena, lo cual cimentaba las bases de rebeliones continuas contra el orden impuesto, rebeliones a favor de la libertad sexual, que se mantendrían a lo largo de todo el proceso colonial.

Es de esta situación que se obtiene que “la infidelidad y el adulterio fueron elementos elementales constitutivos de una sociedad que regulaba y controlaba la vida sexual y afectiva. Y es en este caos, en donde esta rebelión, donde se define la identidad sexual de hombres y mujeres”

Sin embargo las comunidades indígenas se adaptaron a la normativa del ente dominador, de tres maneras, en donde claro está, pretendieron siempre tener la máscara del conformismo.

En primer lugar, los indígenas utilizaron las fiestas y rituales indígenas para mantener sus propios rituales tradicionales, encontrando en la clandestinidad de la noche y en las fiestas el modo de preservar la memoria, clave para comprender el universo colonial de las clases subalternas; en segundo lugar, encontraron en estas fiestas el espacio de esparcimiento y de desinhibición del ensimismamiento de sentimientos represados y deseos contenidos; y en tercer lugar, la recuperación de sentidos que les ayudaran a percibir las manifestaciones de los deseos, para hacerlos realidad: oler, beber y oír se extendían en una sinfonía de deseos que terminaban por palpar al otro.

En el capítulo siguiente se verá cómo las fiestas, además de otras formas de trasgresión, ayudaban a recordar la libertad, a añorarla y a buscarla, en busca siempre de no perder la individualidad corporal, y la conciencia de grupo, de colectividad, que tradicionalmente habían construido en sus espacios íntimos.

2.2 Las fiestas y la clandestinidad: el uso de la memoria para la liberación

“La memoria es un arma, un instrumento de defensa y agresión contra todo aquello que reprime y niega prácticas y creencias, verdades y testimonios. La memoria no pertenece única y exclusivamente a las elites, sino al hombre común y ella debe servir para liberar y no para oprimir. Apropiarse la memora es el primer esfuerzo de liberación por parte de los colonizados”.

Los conquistadores sabían que la memoria podía servirle a los nativos a intentar recuperar su pasado, a intentar volver a su tranquilidad pagana. Por tanto aplicaron formas de destrucción de la memoria como demolición de santuarios, guacas, tunjos, shamanes y toda clase de íconos culturales indígenas, pretendiendo ocultar en las cenizas la memoria nativa, abonando el terreno para el olvido y el desplazamiento de los dioses, imponiendo un orden visual y espiritual nuevo.

La sociedad colonial impuso celebraciones cristianas, en procura de suplantar las tradicionales cristianas, además de otras celebraciones del pueblo, que surgieron del orden nuevo. Hubo cuatro tipos de festividades. Las religiosas de la iglesia, los bailes y borracheras de los indios, las reuniones lúdicas de los mestizos en general y las fiestas cívicas derivadas de un matrimonio importante o un nacimiento real, de una ascensión al trono o del arribo de un funcionario importante.

Eran festividades que fueron utilizadas para romper la monotonía del orden institucional y dogmático, era un tiempo de desafío a la fe, la moral y el equilibrio. Era el tiempo de de reencontrar el cuerpo ocultado y censurado por la iglesia, el cuerpo sexual, sensitivo. “las fiestas hechas para congregar y gratificar el mundo de la iglesia y sus santos terminaron por ser espacios para la embriaguez y la fornicación. Allí no solo se conspiraba sino que se fortalecía el caos y el desorden. Las fiestas permitieron conservar la memoria de ritos paganos y buscar en el mundo de las sombras los ángeles negros del amor”.

El espíritu de trasgresión siempre manifiesto aparece para incentivar a los nativos a recuperar la memoria, a olvidarse del olvido que han intentado imponerles, a transformar el orden nuevo a la luz del pasado común. “La fiesta más que una estructura formal de conciliación de conflictos terminó siendo un universo de confrontación de ideologías en donde el rito, las creencias y el del amor libre se desbordaron sobre los cuerpos embriagados de fe y de deseos,” en ella se contuvo los principios del amor profano: buscaba las sombras, el aislamiento, la intimidad, el goce y el tacto, utilizando la máscara, la clandestinidad y el silencio como modos de conservara la memoria

EL proceso de mestizaje sin embargo, ayudó a olvidar en alguna medida el pasado indígena. Las fiestas y las tradiciones fueron trasformadas por la mezcla de las distintas vertientes, la negra la india y la blanca, que ahora con sus bailes, fandangos, tangos, se alejaban del orden social colonial, de las comunidades también, pero sobre todo de la fe y del cristianismo para convertirse en verdaderas proclamas de libertad, pues en ella prevalecía la afirmación de los sentidos. La iglesia no podía contra los sentidos, extirparlos hubiera sido negar la obra de dios que era el hombre mismo. El hombre sin sentidos es nada.

2.3 Las uniones, pecaminosas o legales. Pero al fin y al cabo uniones

Lo que se ha mantenido en todo el texto es, básicamente el problema de la unión de los cuerpos, la relación de los sentidos, el amor, ya sea por necesidad (caso español con indígenas) o natural (caso indígena). Lo que generalmente no se comenta, es la unión entre mujeres indígenas y curas españoles, de donde nacen hijos que luego sufren el estigma de ser ilegítimos, casi que sacrílegos.

Es obvio, humano, que dos cuerpos se atraigan, y más en las condiciones en que llegaron los españoles, sin mujeres, y luego de un tiempo de ver agua y hombres. Y sobre todo, al ver y comparar los ocultos cuerpos de las españolas, sin mostrar ni un ápice de su cuerpo, y llegar y apreciar los formados y desnudos cuerpos húmedos de las indígenas. La represión tiene sus límites, y los curas dieron rienda suelta, de manera más común de lo que se imagina, a sus pasiones, sin necesidad de perder la fe y la temeridad religiosa. El contacto con indígenas (y luego negras), cuya conciencia de la sexualidad era diferente, le permitía al colonizador dar rienda suelta a sus pasiones, haciendo uso de su papel como dominador.

Es en este contexto, por encima del matrimonio, en donde el concubinato y la barraganía surgen como modos de escape y de liberación de las pasiones y los sentidos. El matrimonio se impone como una institucionalidad del amor, como una orden al amor, la cual intenta preservar el orden jerárquico de la sociedad a través del impedimento de relacionarse corporalmente antes del matrimonio (a diferencia que los indígenas), y prohibiendo el cruce matrimonial entre las diversas castas y razas. Así, el matrimonio surge como una alianza de riquezas, de fortuna y de preservación del nombre y la categoría social. Lo que hace ver que la firma del romance eterno estaba por encima del amor respondiendo a intereses materiales.

Alrededor del matrimonio aparece un choque de imaginarios entre lo colonial institucional y los grupos ajenos a la élite. Los mestizos no manifestaban interés por la unión sacramental. La cantidad de matrimonios, en porcentaje, era muy reducido en comparación con los dominantes y de las clases privilegiadas, en tanto que los mestizos, debido a su situación precaria, se unían informalmente, sin sanción religiosa, por los altos costos que representaba el contraer matrimonio. Además de lo económico, las exigencias legales eran suficientes para desilusionar a cualquier mestizo, por el hecho de no tener en claro su pasado familiar. Era requisito que los contrayentes conocieran su árbol genealógico, y en una sociedad donde las mezclas interraciales, la ilegitimidad y el ocultamiento imperaban, los pasado familiares quedaban ocultos en las mareas indisolubles de la censura social y el silencio del olvido.

¿Qué quedaba entonces? La situación precaria de varios sectores de la sociedad y la exclusión económica y política de sus integrantes explican el por qué de su proclividad hacia conductas trasgresoras, como las prácticas de concubinato y barraganía, tan comunes como castigadas por los cánones coloniales. Además, el matrimonio era un mero espacio para la reproducción. El amor concupiscente, con sus libres expresiones se relegaba a los espacios prohibidos del concubinato, el adulterio, y las relaciones de hecho.

Por otro lado, el carácter indisoluble del matrimonio incentivó las prácticas adulterinas, pues se dieron como los únicos espacios para que los desposados dieran nueva vida a sus sentidos, asesinados por el pragmatismo de la relación de pareja.

Ante esto se notaba la actitud hipócrita de las clases altas que procuraban ocultar las verdades deshonrosas de sus miembros por razones de status, pero que el rumor público iba decantando hasta hacerlo evidente. Para las élites el honor era lo único que había que guardar, mantener y procurar mostrar siempre. Era el carácter distintivo que racionalizaba la existencia de la jerarquía colonial. Incluía las diferencias autoconscientes de nacimiento y de conducta que distinguía la gente “decente” de la baja.

El rumor aparece aquí, en contraposición al chisme, como el comentario que se estructura en la sociedad, no en los labios de un voluntarioso, sino en la realidad concreta, vivida por la comunidad. El chisme era una acusación sin fundamente empírico, que ronda el ámbito de lo personal, mientras que el rumor ronda por el ámbito de lo social. El rumor es parte de la sociedad, arraigado a las mentes de las personas, mientras que el chisme se queda en la mente de algunos desvergonzados sin fundamento; El rumor se adhiere a los muros de la experiencia concreta, mientras que el chisme como fantasma atraviesa la sociedad sin dejar rastro importante; el rumor está en todos lados, permanente y tajante, el chisme es fugaz, impertinente y olvidable.

Ésta era la constante en la sociedad colonial. El adulterio, el concubinato, la baraganía hacían parte no oficial de la sociedad, tan arraigados en la tierra como el espíritu indígena, y luego mestizo. El festín el cuerpo no se los podían negar, la religión no podía pasar por encima de los sentidos. La lucha íntima traía aires de libertad, tan ansiada por al tierra y los cuerpo que ansiaban amarse a toda hora y en todo lugar. Para esto, como gran ejemplo del espíritu de rebelión y libertad, aparece Manuela Sáenz, quien más que una amante, era el alma mestiza rebelde libertaria, que a través de sus cartas y sus diarios expresó ante Simón Bolívar el valor del amor sin tapujos ni represiones, ni límites.

3. Manuela Sáenz: El espíritu mestizo de la independencia del amor

Los años finales de la colonia tienen estructuras propias que hacían prever el advenimiento de la libertad como necesidad humana además de política, social y económica. Las ideas liberales importadas de Francia estaban calando los ideales republicanos de los criollos, estableciendo una dura confrontación con el régimen colonial. Pero además, y para nuestro interés, entre los jóvenes franceses comenzaban a discutir temas correspondientes al matrimonio por amor, no por conveniencia.

Ideales iluministas que escandalizaban la tradición moral de la Francia de finales del XVIII y principios del XIX, que viajaron hasta la sociedad santafereña, impregnando la mente de los jóvenes enamorados que luchaban por su derecho a elegir pareja, esgrimiendo la melancolía del amor concupiscente contra los intereses económicos de sus arraigados y dogmáticos padres.

En una sociedad como la de finales de la colonia, donde el mestizaje tenía una fuerza descomunal, y la tradición española e indígena se estaba difuminando en la bruma del olvido y la transformación, estas ideas, aunque discutidas por los jóvenes aristócratas santafereños, se difundieron como viento a través de las mentes juveniles de todos los estratos, estimulando el espíritu de libertad de amar tan arraigado desde el principio pero censurado por al represión sistemática de las instituciones coloniales, incluida la familia.

En este contexto surge la figura heroica y libertaria de Manuela Sáenz, enamorada perdidamente de la patria y de Bolívar, mezclando libertad de amar, con libertad de gobierno. Independencia con amor espontáneo y leal, “una mujer que nunca renunció a su deber y defendió la amistad y la lealtad como fundamente del amor”, de su amor hacia Bolívar y hacia su patria independiente. Ella se crió entre criollos, indios, mestizos, mulatos… fue en aras políticas el intermediario, catalizador entre los pensadores ideólogos y el pueblo poderoso. Fue la representación pura de la libertad de cuerpos y territorios.

Para la historia, aunque ha sido ensuciada por historiadores puristas como una simple amante del libertador, la imagen del amor entre Manuela Sáenz y Simón Bolívar serán siempre referentes para la libertad y el amor: “Dos para el mundo. Unidos para la gloria, así la historia nunca lo reconozca”, demostrando con esto la existencia del idilio amorosos característico de las letras románticas de la época, pero con un trasfondo melancólico, de lucha y exacerbación de la unión de espíritus en uno solo, por encima de los impedimentos sociales, religiosos y demás, que a la altura de esta época, ya no interesan demasiado.

Manuela Sáenz afrontó con absoluta claridad y espontaneidad su relación con Bolívar Una relación afectuosa y apasionada que ella consideró valida y real por el simple hecho de ser mujer y por el derecho que sabía que tenía y necesitaba de amar y ser feliz: “Soy mujer y joven; apasionada, con mucho abandono del miramiento social que a mí no me incumbe; mi ingenio es intuición y me siento muy pero muy enamorada… Lo tengo vivo [el corazón] para usted que… es para mí, toda mi adoración; por encima de todos los prejuicios”. Sobre todo el hecho de ser mujer, en una sociedad patriarcal, reducía mucho los espacios de ellas de manifestar algo que les era totalmente negado. Ella rompió con esos esquemas limitantes y lucho por su derecho a ser ella y mandar sobre su espontaneidad individual y apasionada.

Fundó ella en la nueva sociedad republicana el capricho de amar con libertad a su hombre. Para ella misma el amor fue una manera de asumir la libertad, una libertad robada tres siglos atrás, una libertad que vivió en los corazones melancólicos del pueblo, primero indígena, luego negro, luego mestizo, manteniendo viva la chispa nostálgica de amar el deseo por el otro, manteniendo el alma libre de todo control, como máscara ante la sociedad restrictiva, asesina de los sentidos, donde la trasgresión, a través del amor, se hace evidente en cada mirada, en cada roce secreto, en cada encuentro clandestino con el pasado de libertad sexual, en cada uno de los momentos en que las fuerzas censurantes resultaban impotentes frente a las miradas ocultas y a los deseos convertidos en sueños húmedos nocturnos. Manuela Sáenz rompe con la clandestinidad obligada, y la convierte en manifestación viva del amor, no con el afán de ocultamiento, sino por la emoción del sentimiento, enarbolando al bandera de su cuerpo desnudo junto al de su amado. El amor mestizo se convierte pues en identidad, de manos de ésta heroína del amor.

Fuente(s): historiasenconstruccion.ws.com
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Historia de la Nueva Granada (1819-1831)

Entre 1800 a 1820, España había restituido su poder sobre el Nuevo Reino de Granada y restablecido por el Virreinato. El control territorial no fue total, sin embargo, y varios focos de resistencia permanecieron en lugares como Boyacá y, especialmente, en los Llanos de Casanare y Arauca, así como en los llanos venezolanos.

En 1819, el ejército libertador comandado por Bolívar quien venía de su base de la Guayana y llanos venezolanos, y Francisco de Paula Santander quien logró unir los distintos ejércitos rebeldes ubicados en los Llanos neogranadinos y dirigía la resistencia patriota en Casanare y Arauca remonta los Andes para avanzar sobre santa-fe de Bogotá , sede del Virreinato. Por que para el agua en 1800 - 1820 era igual en la actualidad ya que en ese tiempo utilizaban posos,rios , lagunas y demas variedades.

Tras la Batalla del Pantano de Vargas y la Batalla del Puente de Boyacá, en las cuales el ejército patriota venció al realista, Bolívar y sus hombres tuvieron vía libre hacia Santa Fe, ingresando a la ciudad el 10 de agosto de 1819. El virrey Juan Sámano, advertido en secreto de la derrota en Boyacá, huye de la capital. El virreinato ha dejado de existir de facto, pero los realistas aun conservan el poder en varias regiones del territorio, incluyendo a Popayán, Quito, Panamá, Cartagena y Caracas.

El 19 de agosto de 1820 es proclamada la República de Colombia, en Santa Fe, ciudad que de ahora en adelante sería conocida como Bogotá.

Pronto la república afianzaría el poder en el centro del país y varias provincias se adherirían a la república. A finales de 1819, Bolívar, presidente de facto de la República de Colombia, y Pablo Morillo, comandante de los ejércitos realistas en el Nuevo Reino, subscribirían una tregua, que le permitiría a la naciente república afianzarse políticamente.

Al término de la tregua, en 1821, se reanudan las hostilidades. La batalla de Carabobo abre las puertas a la liberación de Venezuela y se logra la liberación de Cartagena y Santa Marta en el norte y de Popayán en el Sur. Panamá declara su independencia y se une a la República de Colombia.

Pasto se conserva como un reducto realista impidiendo el avance de las huestes republicanas sobre Quito. El 7 de abril de 1822 se produce la batalla de Bomboná, una de las más sangrientas de la campaña y cuyo resultado no fue claro, siendo la tasa de muertes muy alta para ambos bandos.

La ventaja estratégica fue, sin embargo, favorable para la república, permitiéndole avanzar hacia Quito y eventualmente conquistar a Pasto.

El 24 de mayo de 1822, la batalla de Pichincha permite la liberación de Quito y su anexión a la República de Colombia. El control realista en el Caribe y los últimos bastiones realistas son dominados en 1823 con las batallas de Maracaibo (16 de junio) y Tausava (14 de octubre).

La derrota del ejército realista en Ayacucho termina la amenaza española sobre América del Sur.

Constitución de la República de Colombia
La República de Colombia es proclamada el 19 de agosto de 1819, pero su constitución legal viene del Congreso de Angostura, convocado el 15 de febrero de ese año, y el cual aprueba la Ley Fundamental de la República de Colombia, el 17 de diciembre de 1819.

Tras la liberación de Caracas, Cartagena, Popayán y Santa Marta en 1821 se convoca un nuevo congreso, en Cúcuta. El 3 de octubre de 1821 es proclamada la Constitución de Cúcuta, la cual estuvo vigente en la República de Colombia y, luego de su disolución, en la República de la Nueva Granada hasta 1832.

De este modo suele ser designada en la actualidad la vasta República que a instancias del Libertador Simón Bolívar fue fundada el 17 de diciembre de 1819 por el Congreso de Angostura, la cual dejó de existir en 1830. Pero en aquella época su nombre oficial, por el cual la llamaban todos, empezando por Bolivar, fue el de República de Colombia

Bolivarismo y Santanderismo
Tras el congreso de Cúcuta, Simón Bolívar fue nombrado presidente de la República y Francisco de Paula Santander su vicepresidente.

Santander propugnaba por una legislación robusta y un marco constitucional y legislativo que guiara a la nueva república. La prioridad de Bolívar fue continuar su proyecto de la liberación de la América española. Durante la campaña del sur, dirigida directamente por Bolívar, el Vicepresidente Santander estuvo a cargo del gobierno en Bogotá.

La crisis entre Bolívar y Santander (y sus respectivos seguidores) se ahonda con las diferencias entre Santander y José Antonio Páez y con la promulgación de la Constitución Bolivariana, escrita por Bolívar para la naciente república de Bolivia y que los santanderistas temen que Bolívar intente imponer en Colombia.

El principal recelo sobre la constitución bolivariana, surge del amplio poder dado a la figura presidencial, la cual es vitalicia y, de esta forma, asimilable a una monarquía.

El 9 de abril de 1828 se instala la Convención de Ocaña. Las diferencias entre santanderistas y bolivarianos eran evidentes, promulgando los primeros un federalismo y los segundos un poder central y presidencial fuerte. La convención, que tenía por objeto reformar la constitución de cúcuta fue un fracaso, y los bolivarianos abandonaron el recinto proclamando a Bolívar como dictador.

La crisis culmina con el atentado a Bolívar del 25 de septiembre de 1828, en lo que se conoce como la noche Septembrina. La participación de Santander no es clara pero es condenado junto con muchos de sus seguidores, quienes son ejecutados por traición. La condena del propio Santander es conmutada por destierro, por orden de Bolívar después de un pedido explícito del ministro de guerra José María Córdova.

La dictadura de Bolívar
Entre el 24 de junio de 1828 y marzo de 1830 Bolívar gobernó por decreto. Esto no impidió la separación de Venezuela el 27 de diciembre de 1829.

El 20 de enero de 1830 Bolívar convocó el Congreso Admirable con el fin de solucionar la crisis institucional. El congreso no pudo evitar la separación de Venezuela y sí evidenció la falta de apoyo con la que contaba Bolívar cuya salud venía deteriorándose notablemente.

Bolívar renunció el 8 de mayo de 1830, quedando Domingo Caycedo como presidente interino.

Disolución de la República de Colombia
Jurídicamente la República de Colombia continuó hasta el 21 de noviembre de 1831, siendo presidida por Domingo Caycedo (4 de mayo a 13 de junio de 1830 y 3 de mayo a 21 de noviembre de 1831), Joaquín de Mosquera (13 de junio a 5 de septiembre de 1830) y Rafael Urdaneta (5 de septiembre al 3 de mayo).

El 13 de mayo de 1830, el Departamento del Sur (Quito) declara su independencia de Colombia conformándose la república del Ecuador. Colombia queda así constituida en solo la Nueva Granada y Panamá (jurídicamente Panamá pertenecía al Departamento de la Nueva Granada).

En 1832, se crea la república de la Nueva Granada y es nombrado Francisco de Paula Santander como su presidente.

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/
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Virreinato de Nueva Granada

El Virreinato de Nueva Granada, Virreinato de Santafé o Virreinato del Nuevo Reino de Granada fue una entidad territorial ultramarina, integrante de España, establecida por la Corona española (1717–1723, 1739–1810 y 1816–1819) durante su periodo español en América. Fue creado por el rey Felipe V en 1717 dentro de la nueva política de los borbones y suspendido en 1723, por problemas financieros, siendo reinstaurado en 1739 hasta que el movimiento independentista lo disuelve de nuevo en 1810.

En 1815 fue reconquistado su territorio por el ejército del rey Fernando VII, siendo nuevamente restaurado, hasta que el ejército rebelde logró su independencia definitiva del poder español en 1819.

La capital del virreinato se situó en la ciudad de Santa Fe (hoy Bogotá). El escudo de armas del virreinato fue heredado por la ciudad de Bogotá, actual capital de la República de Colombia, que lo conserva como su insignia.

En 1508 la Tierra Firme fue dividida entre Diego de Nicuesa, quien obtuvo la gobernación de Veragua o Castilla de Oro, que iba desde el río Atrato en el golfo de Urabá hasta el cabo Gracias a Dios y Alonso de Ojeda, la de Nueva Andalucía, desde el río Atrato al Cabo de la Vela. Nicuesa fundó "Nombre de Dios" y Martín Fernández de Enciso "Santa María La Antigua del Darién", ambas en 1510.

Poco después, a partir del 1 de marzo de 1511 Vasco Núñez de Balboa se hace cargo de Veragua (incluyendo a Darién) y fue nombrado por el virrey Diego Colón como su lugarteniente en Darién.

El rey lo nombró el 23 de diciembre de 1511 capitán y gobernador interino del Darién hasta julio de 1514. El 25 de septiembre de 1513 tomó posesión del "Mar del Sur" que él descubrió.

En mayo de 1513 Pedrarias Dávila fue nombrado gobernador y capitán general de Castilla de Oro, que incluía todo el territorio de la costa desde el Cabo de la Vela hasta el actual Panamá, con excepción de Veraguas, llegando a Darién en julio de 1514.

Fundó "Nuestra Señora de la Asunción de Panamá" el 15 de agosto de 1519. Nueva Andalucía fue suprimida y Balboa recibió el 23 de septiembre de 1514 el nombramiento de "Gobernador de Coiba y Panamá y Adelantado de la Mar del Sur" subordinado a Castilla del Oro.

En 1525 Fernández de Oviedo intentó extablecer una gobernación en la zona de Cartagena (Gobernación de Cartagena), pero no prosperó hasta la fundación de la ciudad en 1533.

El 26 de febrero de 1538 fue establecida en el Istmo, la Real Audiencia de Panamá por Real Cédula expedida por Carlos V.

Hacia 1542 existían las gobernaciones de Santa Marta (fundada en 1525), Cartagena y Popayán (fundada en 1536).

En 1550 se crea la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá dentro del Virreinato del Perú con jurisdicción sobre el Nuevo Reino de Granada y las gobernaciones de Santa Marta, Cartagena y Popayán.

En 1567 el capitán Andrés Gómez Hernández fue nombrado gobernador de la Gobernación del Chocó, Dabaibe y Valle del Baeza, pero no llegó a su destino al morir en Cartagena.

La débil dependencia del gobierno del Nuevo Reino de Granada en Santa Fe de Bogotá, con el del virreinato del Perú en Lima, la lentitud de las comunicaciones entre las dos ciudades, sumados a los constantes conflictos desde el año 1582, entre el gobierno de los Presidentes de la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá y el arzobispado de Santa Fe, situación confirmada por la presencia en la colonia de visitadores, enviados por la Corona, entre ellos Infante de Venegas, llevan a recomendar a Felipe V la creación de un Virreinato independiente en La Nueva Granada en 1717, finalmente decidido en el año 1718.

De esta manera, provincias de lo que hoy podría corresponder a Colombia, Ecuador, Panamá, Venezuela, y regiones de Perú, Brasil y Guyana, hasta entonces bajo diferentes jurisdicciones, se unen bajo una misma autoridad colonial establecida en la ciudad de Santa Fe de Bogotá, confirmando así a la ciudad como otro de los principales centros administrativos de las colonias españolas en América, junto con Lima y la Ciudad de México.

Sin embargo, y a pesar de los intentos esporádicos hacia reformas encaminadas a mejorar la eficiencia y centralización de la autoridad, en ningún momento el control y cohesion de esta colonia llegó a ser el realmente deseado en España.

Entre las consideraciones que manejó la corona para su creación, hay dos hechos esenciales. En primer lugar, la zona era la más importante del continente en cuanto a la producción aurífera. En segundo lugar, su situación estratégica entre los dos océanos y de ser una de las puertas de entrada al occidente de la América del Sur, le permitiría enfrentar mejor el contrabando y los ataques de piratas y filibusteros con un punto más cercano al Caribe.

En cuanto a la población del virreinato, señala Carlos Malamud: "A lo largo de la centuria, la población del virreinato fue en constante aumento, estimándose una tasa de crecimiento para el último cuarto del siglo del orden del 1,5% anual. Según el censo de 1778, la población del virreinato, con exclusión de los territorios integrados en la Real Audiencia de Quito, ascendía a 742.759 habitantes. W.P.McGreevey estimó que la población de los territorios que forman la actual Colombia ascendía a 940.000 habitantes". Finalmente, la mayor concentración de población (62%) se encontraba en los altiplanos andinos colombianos.

Sin embargo, la difícil y diversa geografía del Norte de Suramérica y la escasez de caminos apropiados hacían difícil el tránsito y la comunicación en el interior del virreinato. El establecimiento de una Capitanía General en Caracas y una Real Audiencia en Quito, aún legalmente subordinada al virrey, fue una respuesta a las necesidades de un gobierno efectivo en las regiones más alejadas; aunque algunos analistas consideran que también fue reflejo, en algún grado, de la tradición local, la cual, eventualmente contribuyó a crear diferencias políticas y nacionales entre los territorios recién independizados que Simón Bolívar no lograría reunificar por mucho tiempo, con la fundación de la primera República de Colombia en 1819.

Al momento de la separación de Venezuela, en 1742, el virreinato quedó formado por el Nuevo Reino de Granada (gobernaciones de Nuevo Reino, Cartagena, Santa Marta, Maracaibo, Antioquia, Popayán y Guayana), Quito (gobernaciones de Quito, Quijos, Macas, Esmeraldas y algunos corregimientos) y Panamá (gobernaciones de Panamá y Veraguas). Las gobernaciones de la Guayana, Margarita, Mérida y Maracaibo fueron posteriormente incluidas en la Capitanía General de Venezuela.

En 1764 se creó la Gobernación de Guayaquil.

El 13 de febrero de 1789 la provincia de Riohacha fue separada de la de Santa Marta, ambas habían sido fusionadas el 17 de enero de 1593.

Por real orden del 13 de agosto de 1790, se ordenó segregar de la provincia de Riohacha el establecimiento de Sinamaica y agregarlo a la provincia de Maracaibo en la Capitanía General de Venezuela. El 1º de agosto de 1792 se llevó a cabo la transferencia.

Los territorios del virreinato se ganaron su independencia de España, entre 1819 y 1822, después de una serie de revueltas militares y políticas, unificándose posteriormente con los de la anterior Capitanía General de Venezuela en una República conocida hoy como la Gran Colombia.

Cuando, lo que hoy podría ser, Ecuador y Venezuela se separaron durante la disolución de la Gran Colombia, Bogotá se constituyó en la capital de la nueva República de la Nueva Granada.
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La Batalla del pantano de Vargas

La Batalla del pantano de Vargas fue un enfrentamiento armado que se presentó en cercanías al municipio de Paipa el 25 de julio de 1819, entre las tropas independentistas y las tropas realistas en la campaña libertadora por la independencia de Colombia.

En ella, el ejército venezolano-granadino al mando de Simón Bolívar pretendía cerrar el paso a las fuerzas de apoyo de José María Barreiro que se dirigían a la ciudad de Bogotá. Esta batalla resultó difícil para los hombres al mando de Bolívar, que estuvieron cerca de la derrota ya que el ejército se encontraba agotado y desorganizado tras el difícil ascenso al páramo de Pisba.

Sin embargo, el ataque por el flanco del destacamento de la legión británica al mando del coronel James Rooke, y una oportuna carga de caballería de los lanceros del coronel Juan José Rondón, recién llegados al campo de batalla, revirtieron la situación. Rooke, sin embargo, resultó gravemente herido en el ataque y fallecería algunos días después. Posterior a este ataque, las tropas realistas huyeron a los Molinos de Bonza. Gracias a esta maniobra militar, el ejército libertador llegó a Tunja el día 4 de agosto de 1819.

El 12 de junio de 1819, las tropas descriminadas del general Simón Bolívar se reunieron en Tame con las tropas granadinas bajo el mando del general Francisco de Paula Santander. Allí se decidió que la campaña libertadora continuaría por la ruta hacia Pore, utilizando el camino de Labranza Grande. Y el Libertador decidió atravesar el páramo de Pisba. Al llegar a Paya, el ejército patriota encontró un fuerte realista bien diseñado, bien defendido y que finalmente sería capturado por el general Santander con grupos de asalto.

El paso del páramo era totalmente inclemente con las tropas, que se vieron altamente afectadas por las difíciles condiciones que el terreno presentaba. Una gran cantidad de soldados se perdieron en la travesía, ya fuera debido al frío, al hambre o, menos frecuentemente, a enfermedades.

La caballería sufrió pérdidas catastróficas, pues todos los animales que el ejército llevaba se perdieron en el camino, por lo que la división de caballería del ejército dejaría de existir durante la travesía. Las armas de fuego tuvieron que cargarse con mucho cuidado para evitar que los cartuchos se dañaran con las lluvias. Para mantener la moral de las tropas, Bolívar daba ejemplo de fortaleza ante las adversidades.

La vanguardia del ejército, al mando del general Santander, llegó al pueblo de Socha el 5 de julio, luego de atravesar el páramo en su totalidad. En ese pueblo, y con el apoyo de los pueblos cercanos, las tropas descansaron, y fueron ayudadas a recuperarse. Al día siguiente, las tropas del comandante José Antonio Anzoátegui arribaron al mismo sitio, donde también fueron auxiliadas.

Cuando los españoles se enteraron de la invasión patriota, enviaron tropas hacia la región invadida bajo el mando del General Barreiro. Dos bloques de 800 hombres fueron enviados a Corrales y Gameza, junto al río Sogamoso. En ese sitio sucedieron varios enfrentamientos que culminarían con la victoria de las tropas patriotas a cargo del militar Justo Briceño en Corrales y la vanguardia del ejército comandado por Santander en Gámeza que obligó a los realista a retirarse a Tópaga, serie de combates conocido como la batalla de Gámeza.

Luego de esta refriega, el ejército libertador, se repliega a Tasco nuevamente el día 12 de julio y entra a Corrales de Bonza el día 20 de julio, ordenados en orden de batalla buscando el encuentro con Barreiro, pero este rehuye el combate parapetado en la altura; en esta situación sorpresivamente la madrugada del 25 de julio se dezplaza en dirección a Paipa, con el animo de cortar la comunicación del ejército realista con Santafé de Bogotá: percatado Barreiro moviliza también sus tropas y se mueve casi en paralelo a Bolívar logrando ubicar su ejército en el cerro el picacho, desde donde dominaba el paso del ejército libertador por el pantano de Vargas.

Para el día de la batalla, el 25 de julio de 1819, Bolívar logró reunir unos 2.200 hombres. El general decide guiar a las tropas por el camino del Salitre de Paipa, para realizar un ataque por la retaguardia enemiga. Cuando las tropas avanzaban por el este del Pantano de Vargas, los realistas llegaron a cerrarles el paso. Las tropas patriotas se situaron frente a las españolas; éstas últimas, sin embargo, tenían ventaja de terreno y al menos 3000 efectivos, que inclinarían la batalla a su favor.

Bolívar envió dos batallones de infantería al mando de Anzoátegui por la derecha y el resto de la infantería al mando de Santander por la izquierda, y dejo en la retaguardia la caballería a su mando. Barreiro a su vez ubica sus fuerzas en tres líneas aprovechando a su favor el declive del terreno.

A las 11 de la mañana inició el combate. Los dos batallones de Anzoátegui avanzan por la derecha pero fueron atacados y obligados a retroceder por los españoles para evitar el envolvimiento por parte de estos, más numerosos; al observar esta situación Bolívar ordenó a Santander el ataque por la izquierda lo que disminuyó la presión de los dos batallones de la derecha que atacaron nuevamente haciendo retroceder al ejército realista abandonando el terreno conquistado.

La idea de Bolívar consistía en incitar a Barreiro a enviar sus reservas a la batalla con cada retroceso de sus tropas. Luego de dos horas de combate, las tropas realistas obligaron a la izquierda patriota, que estaban bajo el mando de Santander y que cargaba con bayonetas continuamente, a retroceder, pero Bolívar ordenó una contraofensiva que recuperó el terreno.

Un soldado enemigo disparó hacia la nuca del general Santander; el coronel París, quitándole la guerrera, verificó que el proyectil no hubiese penetrado la piel. En ese momento el jefe patriota envió al combate a la legión británica, bajo el mando de James Rooke, que cargó contra los enemigos. Este movimiento detuvo el avance de las tropas españolas, que sin embargo continuaron la lucha ferozmente. Barreiro envió entonces el resto del ejército español para repeler a los patriotas, es precisamente en ese monento cuando el General Barreiro grita " Ya ni Dios me quita la victoria", los patriotas retrocedieron totalmente desorientados, con lo que la victoria española se vio prácticamente asegurada.

A las seis de la tarde, cuando la derrota era inminente, Bolívar decidió enviar a las últimas reservas de su ejército, conformada por lanceros llaneros a liderados por el venezolano Juan José Rondón. Fue entonces cuando Bolívar gritó la histórica frase «Coronel, ¡Salve usted la patria!», a lo que el coronel contestó «Es que Rondón no ha peleado todavía». En esta acción de la caballería se destacaron también los oficiales venezolanos Leonardo Infante y Lucas Carvajal, de quien el general Santander expresaría: «la gloria del pantano de Vargas pertenece al Coronel Rondón y al Teniente Coronel Carvajal; a ningún otro se le concedió sino a ellos en aquel glorioso día el renombre de valientes». Fue así como Rondón seguido inicialmente por 14 llaneros más, a los que luego se unirían los demás jinetes que no habían luchado aún, emprendieron la lucha, hecho frente al cual el ejército realista, desordenado y sin capacidad de reacción, asumiera su derrota y retiro de esta batalla decisiva. Barreiro entonces replegó las tropas que le quedaban hacia Paipa y Molinos de Bonza, mientras el ejército de Bolívar regresaba victorioso a Corrales de Bonza al día siguiente. El comandante Rooke fue herido de gravedad en el combate, y moriría pocos días después.

De esa forma se dio por terminada la batalla de Pantano de Vargas, que culminó con la victoria patriota, y que dejó como resultado 350 bajas en el ejército patriota, y 500 en el realista. Esta victoria sumado al movimiento estratégico de Simón Bolívar, denominado la contramarcha de Paipa darían la base que definiría el combate decisivo que ocurriría 12 días después, el 7 de agosto de 1819, en la Batalla del puente de Boyacá.

Consecuencias
Las consecuencias a corto plazo fueron enormes, ya que sirvieron de estímulo militar y psicológico a las fuerzas libertadoras, desmoralizando y poniendo en retirada a los españoles.

El grito de Simón Bolívar Salve usted la Patria es el lema del arma de caballería del ejército de Colombia. Se afirma además que en la carga de lanceros se encontraba el sargento Inocencio Chincá, que le da su nombre a la Escuela de Suboficiales. El curso de Lancero (En honor al batallón que decidió la batalla) es uno de los más exigentes del entrenamiento militar no solo de Colombia sino del mundo.
Tras la estampida de los 14 llaneros, Bolívar gritó a algunos oficiales subalternos "Infante, Mojica, Carvajal, ¡este es el momento de vencer o morir!" convirtiendo esta última afirmación en el lema del arma de Ingenieros.

El coronel James Rooke, herido en el campo de batalla bajo el fuego de la artillería, fue atendido por un médico que le amputó un brazo sin que él diera queja alguna: luego de esto, tomó el brazo desprendido con la otra mano y lo levantó gritando ¡Viva la patria!. El médico, curioso, le preguntó Which Country? Ireland or England? (¿Cuál patria Irlanda o Inglaterra?) y él movió la cabeza negativamente, y contestó The Country which will bury me (La patria que me dará sepultura). Rooke moriría esa misma noche.

Extraido en Wikipedia
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Alonso de Ojeda

Alonso de Ojeda (Cuenca, España; 1468 - Santo Domingo, República Dominicana; 1515) fue navegante, gobernador y conquistador español; recorrió las costas de Guyana, Venezuela, Trinidad y Tobago, Curaçao, Aruba y Colombia.

Es famoso por haber dado el nombre Venezuela a la región que exploró en sus dos primeros viajes y por haber descubierto el lago de Maracaibo.


Sus comienzos
Perteneció a una familia hidalga de pocos recursos. Nació en Cuenca 1468. Era oriundo de Hojeda, cerca de Oña, en la merindad de Bureba. En su juventud estuvo al servicio del duque de Medinaceli, don Luis de la Cerda, como paje. Alonso de Ojeda era pariente cercano de un alto miembro del Tribunal de la Inquisición, de su mismo nombre, quien le presentó al famoso obispo de Burgos, que fue después Patriarca de las Indias, don Juan Rodríguez de Fonseca Participó en la toma de Granada, donde dejó constancia de sus dotes militares, de su destreza como espadachín y de su audacia.

El joven Ojeda se ganó en breve la buena voluntad del Obispo, quien ofreció dispensarle su protección a la primera oportunidad. Alonso tenía veintiocho años en 1494, era pequeño de estatura, ágil hasta causar sorpresa, y en todos los ejercicios de las armas, maestro consumado; tenía el genio pronto y la vista perspicaz; era valiente hasta la temeridad, vengativo hasta la crueldad, tierno de corazón con los débiles, y cortés con las damas; pendenciero y duelista, pero hondamente creyente y por extremo observante de sus deberes religiosos. El Obispo supo distinguir en aquel joven una alma bien templada y un corazón generoso, pero también notó que su carácter tenía un fondo de ambición que podía servirle en los planes que por entonces maduraba para perder á Colon


Llegada a La Española
En septiembre de 1493, gracias a Rodríguez de Fonseca, se embarcó con Cristóbal Colón en su segundo viaje a América, llegando a la isla de La Española. En enero de 1494, Colón le encargó que buscara algunos tripulantes extraviados en el territorio de la isla. Pudo adentrarse con sólo quince hombres en la región del Cibao, donde dominaba el aguerrido cacique caribe llamado Caonabo. Era Cibao, zona rica en minas de oro y Ojeda regresó a La Isabela para informar al Almirante, aquejado allí de unas fiebres.

Colón partió para aquellas tierras en marzo de 1494 e hizo fundar el fuerte de Santo Tomás, del que nombró alcaide a Ojeda.

Caonabó y sus guerreros atacaron el fuerte en cuanto tuvieron oportunidad y Ojeda los venció. La leyenda dice que logró apresar personalmente a Caonabó usando unos grilletes de oro y engañando al cacique haciéndole creer que eran prendas reales.


También participó Alonso de Ojeda en la Batalla de la Vega Real o Batalla de Jáquimo, en la que, bajo su mando, los españoles vencieron a los indígenas. Esta batalla habría enfrentado a un número de indígenas cifrado en diez mil por Fray Bartolomé de las Casas frente a tan solo alrededor de cuatrocientos españoles, si bien es muy posible que estas cifras hayan sido exageradas. Posteriormente, en 1496, regresó a España.


Primer viaje a Venezuela
De regreso a España, capituló con los Reyes Católicos sin permiso de Colón y zarpó en una expedición el 18 de mayo de 1499, en asociación con el piloto y cartógrafo Juan de la Cosa y el navegante italiano Américo Vespucio. Cabe destacar que este fue el primero de la serie de "viajes menores" o "viajes andaluces" que se realizarían hacia el Nuevo Mundo.

Recorriendo el litoral occidental de África hasta Cabo Verde, tomaron el mismo rumbo que realizó Colón un año antes en el tercer viaje, pero en dirección suroeste. Sin embargo, Vespucio decidió separarse de la flota y seguir su propio rumbo más al sur, hacia Brasil. La flota de De Ojeda llegó a las bocas de los ríos Esequibo y Orinoco, así como al golfo de Paria, incluyendo las penínsulas de Paria y Araya, y a las islas de Trinidad y Margarita; continuando a lo largo de la tierra firme, en busca siempre de un pasaje hacia India. Posteriormente recorrió la Península de Paraguaná y después avistó la isla Curaçao, a la cual llamó isla de los Gigantes porque creyó haber observado allí a indígenas de gran estatura; luego visitó la isla Aruba y también el archipiélago de Los Frailes.

También recorrió una parte de la península de la Guajira y Maracaibo y se adentró en un golfo al que llamó Venezuela o Pequeña Venecia, pues había poblaciones en el fondo del golfo cuyas casas estaban construidas con troncos sobre el agua que se asemejaban a la ciudad de Venecia; aunque otra fuente indica que los propios indígenas ya llamaban al poblado Veniçuela. Así mismo, logró ver la entrada del lago de Maracaibo, a la cual llamó San Bartolomé por haberla descubierto el día 24 de agosto de 1499, día de San Bartolomé, apóstol. También llegó a alcanzar el cabo de la Vela, en la península de la Guajira, al que llamó Coquibacoa.

Pocos días después, la expedición partió del cabo de la Vela a La Española con algunas perlas obtenidas en Paria, algo de oro y varios esclavos. La escasez de bienes y esclavos transportados resultó en un rendimiento económico escaso, pero la importancia de este viaje radica en que fue el primer recorrido detallado y total hecho por los españoles de las costas de Venezuela, debido al cual De Ojeda goza del crédito de haber reconocido por vez primera toda la costa venezolana. La expedición dio también a Juan de la Cosa la oportunidad de trazar el primer mapa conocido de la actual Venezuela, además de ser el primer viaje que hizo Vespucio al Nuevo Mundo.

Sin embargo, cuando llegó la expedición a La Española el 5 de septiembre, fue mal recibida por seguidores de Colón quienes estaban enojados porque De Ojeda no tenía derecho de explorar tierras descubiertas por aquél sin su autorización. Esto produjo reyertas y peleas entre ambos grupos, dejando algunos muertos y heridos; así tuvo que regresar a Cádiz con pocas riquezas, pero con muchos indígenas. La fecha de regreso es discutida: tradicionalmente se afirmaba que volvieron en junio de 1500 pero el historiador Demetrio Ramos ha señalado una fecha mucho más temprana, hacia noviembre de 1499.


Segundo viaje a Venezuela
De Ojeda decidió hacer una nueva exploración y capituló nuevamente con los reyes de España el 8 de junio de 1501. Se le nombró gobernador de Coquibacoa por los resultados obtenidos en el primer viaje, y se le otorgó el derecho de fundar una colonia en ese territorio, aunque se le dio el aviso de que no visitara Paria. En esta ocasión se asoció con los mercaderes sevillanos Juan de Vergara y García de Campos, los cuales pudieron fletar cuatro carabelas.

En enero de 1502, zarpó de España e hizo el mismo recorrido que en su primer viaje. En esta ocasión pasó de largo el golfo de Paria y llegó a isla Margarita (donde según algunas fuentes, intentó obtener oro y perlas de los indígenas por varios métodos). Luego recorrió las costas venezolanas desde Curiana hasta la península de Paraguaná e intentó fundar el 3 de mayo de 1502 una colonia en la península de Guajira, exactamente en bahía Honda, a la que llamó Santa Cruz y que se convirtió en el primer poblado español en territorio colombiano y, por ende, el primero en tierra firme.

Sin embargo, dicha colonia no prosperó luego de tres meses de fundada, debido a que De Ojeda y sus hombres comenzaron a atacar las poblaciones indígenas de los alrededores, causando una constante guerra con éstos que se sumó a los problemas personales del mismo De Ojeda con sus hombres. Así, fue en aquel momento cuando sus socios De Vergara y De Campos hicieron apresar a De Ojeda para hacerse con el poco botín recaudado y abandonaron el poblado junto con los colonos, encarcelándolo en La Española en mayo de 1502. De Ojeda estuvo preso hasta 1504, cuando fue liberado por el obispo Rodríguez de Fonseca, mediante una apelación; sin embargo tuvo que pagar una indemnización costosa que lo dejó bastante pobre.

El resultado de este segundo viaje fue un fracaso ya que no se habían descubierto tierras nuevas y no se obtuvo un gran botín de parte de los exploradores, amasado en su mayoría por Vergara y Campos, sumado a que la colonia de Santa Cruz quedó abandonada y la gobernación de Coquibacoa fue abolida.


Viaje a Nueva Andalucía

Una vez conseguida la libertad, permaneció en La Española durante cuatro años sin mucho que hacer, hasta que en 1508 se enteró de que el Rey Fernando el Católico había llamado a concurso la gobernación y colonización de Tierra Firme, y que abarcaba las tierras entre el cabo Gracias a Dios (entre Honduras y Nicaragua) y el cabo de la Vela (en Colombia). Juan de la Cosa fue a España y se presentó en representación de De Ojeda, aunque también en dicho evento apareció Diego de Nicuesa, que rivalizaba con De Ojeda por las tierras a colonizar. Como ambos candidatos poseían buena reputación y tenían simpatías en la Corte, la Corona prefirió dividir la región en dos gobernaciones: Veragua al oeste y Nueva Andalucía al este, con límites en el golfo de Urabá; así Ojeda recibía la gobernación de Nueva Andalucía y Nicuesa recibía Veragua. Esta capitulación fue firmada el 6 de junio de 1508.

A Santo Domingo partieron los nuevos gobernadores para formar las flotas expedicionarias. Sin embargo, existía una disparidad entre la flota de ambos, destacando que De Nicuesa poseía grandes riquezas y más crédito de parte de las autoridades coloniales, y que pudo atraer a más de 800 hombres, muchos caballos, cinco carabelas y dos bergantines; en cambio, De Ojeda sólo reunió algo más de 300 hombres, dos bergantines y dos barcos pequeños. Debido a las disputas acerca de qué lugar exacto en el golfo de Urabá sería el límite de ambas gobernaciones, el asistente de De Ojeda, Juan de la Cosa, señaló que el límite exacto sería el río Atrato, que desembocaba en dicho golfo.

El 10 de noviembre de 1509 logró partir de Santo Domingo, unos días antes que De Nicuesa, poco después de nombrar Alcalde Mayor al bachiller Martín Fernández de Enciso, un acaudalado abogado que tenía órdenes de fletar una embarcación con más provisiones para ayudar a De Ojeda cuando fundara una colonia en Nueva Andalucía. El nuevo gobernante, procurando evitarse problemas con los indígenas de su región, pidió que se redactara una extensa y curiosa proclamación en la que invitaba a los indígenas a someterse al Imperio español, que de lo contrario iban a ser sometidos a la fuerza; dicha proclamación fue hecha por el escritor Juan López de Palacios Rubios y contó con la aprobación de las autoridades españolas.

De Ojeda llegó a la bahía de Calamar, en la actual Cartagena (Colombia), ignorando las órdenes de su subalterno De la Cosa de no establecerse en la zona. Después de desembarcar se encontró con varios indígenas y envió a unos misioneros a que recitaran la extensa proclamación en voz alta junto con intérpretes que hablaban la lengua indígena. Sin embargo, los indígenas estaban bastante molestos por dicha proclamación, así que De Ojeda mostró baratijas a los indígenas, y esto provocó que se enojaran y comenzaran a luchar contra los españoles. Combatió y venció a los indígenas de la costa; aprovechando esta ventaja decidió perseguir a algunos indígenas que se habían adentrado en la selva y llegó a la aldea de Turbaco: ahí sufrió la ira de los indígenas que tomaron desprevenidos a los españoles. En esta contraofensiva murió Juan de la Cosa, que sacrificó su vida para que De Ojeda escapara, y murieron también casi todos los que le acompañaban. De Ojeda tuvo que huir para salvarse con un solo hombre apenas y llegar ileso a la orilla del mar, en donde pudo ser rescatado por la flotilla estacionada en la bahía.

Poco después llegó la flota de De Nicuesa, quien, preocupado por la pérdida que había tenido De Ojeda, le cedió armas y hombres, y luego lo acompañó, olvidándose de las diferencias entre ambos gobernadores, para vengarse contra los indígenas de Turbaco, los cuales fueron masacrados en su totalidad. De vuelta en la bahía de Calamar


Gobernador de Nueva Andalucía y Urabá
De Nicuesa se separó de De Ojeda en dirección mar adentro hacia el oeste rumbo a Veragua, mientras que De Ojeda seguía recorriendo las costas de Nueva Andalucía hacia el suroeste. En 1508 es nombrado Gobernador de Nueva Andalucía, que incluía la región de Urabá. Parte de la Hispaniola el año siguiente y llegó al Golfo de Urabá, donde fundó el asentamiento, en realidad un fuerte, de San Sebastián de Urabá el 20 de enero de 1510.

Sin embargo, la expedición fue problemática: No habían pasado muchos días cuando dentro del fuerte crecía la escasez de alimentos, y se intensificaba el clima insalubre que afectaba a los colonos, además de la amenaza persistente de los indios urabaes, quienes atacaban a los españoles con flechas envenenadas, de las cuales el mismo gobernador quedó herido en una pierna.

Habían pasado ocho meses y medio desde que partió de Santo Domingo y haber fundado San Sebastían, y la prometida ayuda del bachiller Fernández de Enciso aún no llegaba. Entonces encargó a Francisco Pizarro, un joven soldado en ese entonces, que protegiera el sitio y se mantuviera con los habitantes durante cincuenta días hasta que De Ojeda regresara, pidiéndoles que de lo contrario volvieran a Santo Domingo. Pero de Ojeda jamás regresó a San Sebastián y, pasados los cincuenta días, Pizarro decidió regresar en los dos bergantines junto con 70 colonos. Poco después Fernández de Enciso, junto con Vasco Núñez de Balboa, socorrieron a los pocos sobrevivientes del lugar; posteriormente, el fuerte fue incendiado por los indígenas de la región.

Después de este fracaso, Alonso de Ojeda regresa a Santo Domingo en el bergantín de un bandido pirata español llamado Bernardino de Talavera, que había huido de La Española y pasaba por el lugar.


Naufragio en Cuba
Tratando de buscar ayuda, De Ojeda iba rumbo a Santo Domingo en el bergantín de Talavera con 70 hombres que lo acompañaban. Sin embargo, el pirata apresó a De Ojeda y no lo quiso liberar, pero un fuerte huracán azotó la embarcación y Talavera buscó ayuda en De Ojeda, que era también marinero. No obstante, la tormenta arrastró la nave y ésta naufragó en Jagua, Sancti Spíritus , al sur de Cuba. Así, De Ojeda decidió ir con Talavera y sus hombres a recorrer la costa sur de la isla a pie, hasta punta Maisí, desde donde luego se trasladaría hasta La Española.

Sin embargo, tuvieron diversas dificultades en el camino y la mitad de los hombres murieron de hambre, las enfermedades y las penurias que tuvieron que vivir en la isla. De Ojeda cargaba apenas una imagen de la Virgen María que llevaba consigo desde la primera vez que se embarcó a América en 1493 e hizo una promesa a ésta de que le dedicaría un templo que haría levantar en el primer poblado indígena que encontrara en su camino y que los recibiera con buenas intenciones.

Poco después, con una docena de hombres y el pirata Talavera, llegaron a la comarca de Cueybá, donde el cacique Cacicaná trató amablemente y cuidó a De Ojeda y a los demás hombres, que a los pocos días se habían recuperado. De Ojeda cumplió su promesa y levantó una pequeña ermita de la Virgen en el poblado, ermita que sería venerada por los aborígenes de la comarca. De ahí fue socorrido por Pánfilo de Narváez y fue a Jamaica, isla en la que Talavera fue apresado por piratería. Después llegó a La Española, donde muy exhausto se enteró que la ayuda de Fernández de Enciso había llegado a San Sebastián.


Ocaso y muerte
Tras el fracaso del viaje a Nueva Andalucía, De Ojeda no volvió a dirigir ninguna otra expedición y renunció a su cargo de gobernador. Pasó los últimos cinco años de su vida en Santo Domingo donde vivió triste y deprimido. Luego se retiró al Monasterio de San Francisco, en donde murió poco después en 1515. Su última voluntad fue que lo sepultaran bajo la puerta mayor del monasterio, para que su tumba fuese pisada por todos los que llegaban a entrar a la iglesia, como pena por los errores que cometió en su vida.

La tumba de De Ojeda desapareció del monasterio sin dejar rastro, debido a la guerra civil que sufrió la ciudad de Santo Domingo en 1965.

El escritor español Vicente Blasco Ibáñez en su novela El caballero de la Virgen (1929), relata la vida del conquistador.

El escritor español, canario, Alberto Vázquez-Figueroa en su novela 'Centauros' (2007), relata la vida del conquistador.

Extraido en Wikipedia
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El Batallón Voltígeros de la Guardia

El Batallón Voltígeros de la Guardia fue una unidad del Ejército de la Gran Colombia durante las guerras de independencia de América del Sur.


Originalmente creado el 17 de diciembre de 1813 en Venezuela por el realista José Yáñez con el nombre de Batallón Numancia, con oficiales y soldados de Guayana destacados en Barinas y hombres reclutados en los llanos venezolanos y más tarde reforzado con gente de Maracaibo. El "Numancia" combatió con valentía durante la guerra a muerte.
En el año 1815 Sebastian de la Calzada reorganizó completamente el batallón añadiendole las milicias de Maracaibo, y al llegar la expedición del mariscal Pablo Morillo a Venezuela, el "Numancia" fue incorporado a las fuerzas expedicionarias y pasó a la Nueva Granada, donde tras acabar con la resistencia, incorporó una recluta neogranadina, incluidos prisioneros revolucionarios, con ellos aumento hasta formar un regimiento de Línea de tres batallones llamados primero, segundo y tercero de Numancia.

Tomando para si los refuerzos españoles que iban destinados al virrey del Perú, Morillo decidió quedarse con uno de los batallones del "Burgos" (el otro venía por Cabo de Hornos) y un piquete los Lanceros, y en sustitución mandar al al Perú al Batallón primero de Numancia. Así el Numancia marchó a través de la Nueva Granada y Ecuador llegando a Lima en febrero de 1819. Más tarde, tras la ocupación del Perú en 1820 por José de San Martín, crecía la desconfianza del ejército español hacía un virrey Pezuela desmoralizado, al ritmo que también crecía la infiltración revolucionaria hábilmente dirigidos por agentes como López Aldana, Joaquín Campino, Rosa Campuzano y Manuela Sáenz, quienes buscaban atraer al "Numancia" a la causa independentista.

En septiembre de 1820 fue descubierta una conspiración del batallón para sublevarse: Miguel Letamendi, León Febres Cordero y Luis Urdaneta fueron perseguidos por las autoridades. El 2 de diciembre finalmente el "Numancia" se sublevó con éxito en lo que se conoce como el Paso del Numancia. Este acontecimiento, uno de los más decisivos de la Expedición Libertadora, permitió a San Martín aumentar su fuerza con un batallón veterano y debilitó en igual medida a los realistas, que finalmente abandonaron Lima. Durante las campañas de San Martín en el Perú, el batallón renombrado como Voltígeros de la Guardia destacó como una de las mejores unidades del ejército patriota.

En 1821 el general Antonio José de Sucre, quien se hallaba en el Ecuador luchando contra los realistas, dirigió una carta a San Martín en donde le solicitaba que devolviera el batallón, alegando que sus soldados deseaban a su vez volver a Colombia, pero el Protector del Perú se rehusó a desprenderse de él y envió en su lugar a la División del Norte de Andrés de Santa Cruz. El "Voltígeros" permaneció en el Perú tras la retirada de San Martín, y se integró a la división colombiana, primero de Juan Paz del Castillo, más tarde de Sucre, y con el que participó en algunas de las batallas más importantes de la guerra, como en la batalla de Ayacucho en la que formó parte de la segunda División comandada por el general José María Córdoba.

Luego de la capitulación de Ayacucho el batallón siguió hasta el Alto Perú en el ejército del mariscal Sucre permaneciendo en la recién fundada República de Bolivia como parte de las fuerzas colombianas acantonadas allí, el 25 de diciembre de 1827 el batallón se sublevó en La Paz tomando en seguida el camino a la frontera peruana pero perseguidos por las tropas bolivianas y grancolombianas leales a Sucre resultaron derrotados y dispersos, 84 voltigeros fueron muertos y 300 hechos prisioneros entre estos últimos 99 heridos. A su regreso a la Gran Colombia en 1829 fue reformado y distribuido en otro cuerpos, el nuevo "Voltígeros" participó en la batalla del Portete de Tarqui

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