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El asedio de Amberes de 1585


El asedio de Amberes tuvo lugar entre el 3 de julio de 1584 y el 17 de agosto de 1585, durante la guerra de los Ochenta Años, este decisivo asedio fue consumado por las tropas españolas al mando del Rayo de la Guerra. Con el éxito de este asedio, se culminó una de las ofensivas españolas más importantes durante el conflicto ya que en el plazo de dos años se cercaron un gran número de ciudades estratégicas al mismo tiempo; todas ellas con victoria para los intereses de las armas imperiales: Amberes, Gante, Terramunda, Dunkerque, Zutphen, Brujas, Nieuwpoort y Alost entre otras.

El asedio comenzó a mediados de 1584, después de una racha de victorias (conquistas de Dunquerque, Ypres, Brujas, Aalst, Nieuwpoort,etc.) del capitán general Alejandro Farnesio sobre las tropas rebeldes.

La conquista por parte de los Tercios españoles de este enclave protegido por diez baluartes, un amplio foso inundado y el río Escalda, lo que le daba fama de inexpugnable, se consumó gracias a la construcción de un puente de 800 metros de largo y 4 de ancho sobre el río. Esta obra de ingeniería militar que unía las provincias de Brabante y Flandes es comparable al puente que Julio César levantó sobre el Rin, aunque éste tenía la mitad de longitud comparado con el construido por Alejandro Farnesio. La construcción del puente consistió en colocar unos postes de madera verticales sobre el lecho del río, unidos luego por vigas de madera transversales, sobre éste armazón se colocaron los tablones que daban forma al piso. En los dos extremos del puente se levantaron dos baluartes. Los últimos 600 metros del puente se tuvieron que hacer colocando, como cuando Jerjes entró en Grecia, una hilera de barcas sujetas con cuerdas y maderas, con las que luego se creó el piso. Para la defensa del puente, se colocaron 97 piezas de artillería y a los lados del puente, una línea de pequeñas barcazas unidas de tres en tres. La obra se terminó en tan solo siete meses.

El asedio fue duro, la conquista de baluartes, revellines y fortines costó muchas bajas en ambos bandos. Para conseguir la madera necesaria para construir el puente, hubo que asaltar la arboleda de Terramunda, en el transcurso de este asalto murió el maestre de campo Pedro de Paz a causa de un disparo en la frente. Se dice que dio tanta pena la muerte del maestre entre sus hombres (lo llamaban "Pedro de pan") que consiguieron trasladar en los hombros los cañones hasta las mismas murallas con el agua en el pecho, pues los holandeses, con el fin de frenar a los españoles, habían roto los diques de contención, anegando todo el campo.

Los españoles cada vez ganaban más terreno y los sitiados guardaban la esperanza de la ayuda de una flota, proveniente de Zelanda al mando de Justino de Nassau, un hijo bastardo de Guillermo de Orange, con la que se suponía que abastecería la ciudad de agua y víveres y además rompería el puente sobre el río Escalda. Para este plan, los holandeses contaron con el ingenio de un italiano, Federico Giambelli, que enfadado con España, se pasó al bando holandés, éste, creó unos barcos que tenían una torreta hecha de piedras y ladrillos en las que se introducía objetos, haciendo de metralla, y cómo no, pólvora. Estos barcos-mina, se untaban de pez, para ser totalmente impermeables al agua y no mojar la pólvora (pues si no, no ardía y no explotaba). Los barcos-mina, cumplieron muy bien su cometido, explotaron y segaron la vida a un centenar de hombres. El puente tuvo que ser reparado a duras penas.

Para que no volviera a ocurrir se le encomendó al coronel Mondragón, la construcción de un contradique con la que defenderse de estos buques. Mondragón, terminado el contradique, tuvo que rechazar un ataque de las fuerzas navales de Justino de Nassau y de barcos procedentes de Amberes y lo consiguió.

Pasó el tiempo y los holandeses consiguieron reunir una flota de 160 barcos de diferente calado con la que querían arrollar el contradique. Los holandeses arrollaron los puestos avanzados españoles, pero en el contradique, los españoles consiguieron frenar el empuje de la flota holandesa gracias a que se llevó al mismo un tercio de españoles e italianos que consiguieron resistir hasta que se llevaron más refuerzos al dique. Luego los españoles asaltaron los buques holandeses en un cuerpo a cuerpo que duró ocho horas y en la que los españoles consiguieron tomar 25 naves y 75 cañones. En esta jornada los muertos del bando rebelde se contabilizaron en unos 3000 y en el bando imperial unos 1000, de los cuales casi 500 eran españoles.

Al fin, la ciudad se rindió en agosto de 1585, entrando los tercios españoles por las puertas teniendo al frente a su jefe, Alejandro Farnesio.

La victoria fue celebrada por los soldados con un gigantesco banquete sobre el puente del Escalda, con mesas que se extendían de orilla a orilla del río. Se cree que la celebración duró tres días. Tras las celebraciones desmantelaron el puente sobre el río y se reconstruyó la ciudadela-fortaleza levantada por el duque de Alba que el de Orange había posteriormente derruido.

Al conocer Felipe II la victoria de Amberes, otorgó el Toisón de Oro a Alejandro Farnesio por su fidelidad y valor. La noche en la que le comunicaron la noticia de la rendición de Amberes, el monarca se levantó de la cama y fue a la habitación de su hija Isabel y, abriendo la puerta, dijo «Nuestra es Amberes», volviéndose después a dormir, ante la sorpresa de su hija.

En septiembre, las tropas obtuvieron sus pagas, tras casi tres años sin cobrar.

Este episodio constituye uno de los episodios más brillantes de los Tercios y supuso un alarde de ingeniería, y despliegue táctico, como refleja el cronista Faminiano Estrada: «Nunca con más pesadas moles fueron enfrenados los ríos, ni los ingenios se armaron con más osadas invenciones, ni se peleó con gente de guerra que en más repetidos asaltos hiciese más provisión de destreza y coraje. Aquí se echaron fortalezas sobre los arrebatados ríos, se abrieron minas entre las ondas, los ríos se llevaron sobre las trincheras, luego las trincheras se plantaron sobre los ríos, y como si no bastara sólo el trabajo de atacar Amberes, se extendieron los trabajos del general también a otras partes, y cinco fortísimas y potentísimas ciudades se cercaron a un mismo tiempo, y dentro del círculo de un año al mismo tiempo se tomaron».

Fuente: ws.org
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El camino español a Flandes

camino español 1563El "camino español" lo ideó por primera vez en 1563 el Cardenal Granvela: Cuando Felipe II pensaba visitar los Países Bajos, el cardenal apuntó como más cómoda y segura la ruta que, partiendo de España vía Génova, les llevaría a Lombardía. Desde ese punto la ruta pasaría por Saboya, Franco Condado y Lorena; tal itinerario poseía una visible ventaja: se extendía casi enteramente por territorios propios.

En 1566 el Duque de Alba Gobernador General y la colaboración de su Comisario General, Francisco de Ibarra, se dedicó al estudio del itinerario que debían seguir las tropas. Por lo tanto, puede considerarse al Duque de Alba, como artífice del corredor militar conocido como “camino español” vigente desde 1567 a 1622.

El itinerario esta constituido por una cadena de puntos fijos obligados: puentes, vados y transbordadores, que comunicaban con las localidades. Una vez que el gobierno había decidido el itinerario de sus tropas, debían hacerse mapas detallados sobre el terreno. La primera expedición realizada por el Duque de Alba en 1567, atravesó el Franco Condado con un mapa elaborado por don Fernando de Lanoy. Los jefes militares hacían uso de dichos mapas para cruzar los distintos Estados, pero cuando se carecía de ellos, se contrataban guías locales que eran los encargados de conducir a las tropas por su propia región. Solían preceder a las expediciones militares grupos de exploradores que comprobaban si todo estaba dispuesto a lo largo de la ruta.

La preparación anticipada de caminos, provisiones y transporte aumentaba lógicamente la rapidez en el traslado de las tropas al frente. Si todo estaba en orden, un regimiento podía hacer el viaje desde Milán a Namur (unas 700 millas) en seis semanas aproximadamente.

Flandes estuvo vigente hasta el año 1622 El uso de este corredor por el ejército de Flandes estuvo vigente hasta el año 1622 cuando el Duque de Saboya firmó un tratado anti-español con Francia, en el cual se prohibía el tránsito de nuestras tropas por su territorio. y dio fin de este modo al uso del "camino español". Su pérdida obligó al gobierno al estudio de otro corredor militar.

Alrededor de 1550 apareció una nueva institución: la "étape militaire". Las étapes hacía mucho que se usaban como centros comerciales; En el siglo XVI la institución fue adaptada con fines militares. En 1567 el Duque de Alba pudo servirse de las étapes organizadas por los franceses, a su paso por el Maurienne, pero tuvo que ocuparse de disponer una nueva cadena para el resto de su viaje hasta Bruselas.

En sistema de étapes era sencillo y razonable. Se establecía como centro el pueblo, al que se llevaban y desde el que se distribuían las provisiones a las tropas. Si había que darles cama, se recurría a las casas de la étape y de los pueblos circundantes. Además de víveres, era frecuente que estas tuvieran que proporcionar a las tropas medios para transportar la impedimenta.

Con el "camino español", España consiguió, a base de ingenio y tenacidad y a pesar de la distancia reunir como por control remoto, un gran ejército a cientos de kilómetros del centro político de la monarquía.

Fuente: sanchezadalid.wikispaces.com
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María Pita: La heroína Gallega

La heroína Gallega
El 4 de mayo de 1589 las tropas inglesas, habiendo cercado la ciudad de La Coruña, abrieron una brecha en la muralla y comenzaron el asalto de la ciudad vieja, dirigido por un alférez que, con la bandera de la resistencia en mano, logró subir a la parte más alta de la muralla.

María Pita mató al alférez inglés. No se sabe realmente con qué arma se llevó a cabo la muerte del alférez; hay quien dice que con la espada del propio marido difunto de María Pita (su segundo esposo Gregorio de Recamonde, muerto en ese mismo asalto inglés), otros dicen que con cuchillos de su negocio personal y otros con disparos.

Se dice que este hecho se llevó a cabo al grito de "Quien tenga honra, que me siga", lo que desmoralizó a la tropa inglesa y provocó su retirada, de nada más y nada menos que de 20.000 ingleses.

Una vez acabada la batalla, ayudó a recoger los cadáveres y a cuidar los heridos. Junto con María Pita, otras mujeres de La Coruña ayudaron a defender la ciudad; está documentado el caso de Inés de Ben, que fue herida por dos balas inglesas en la batalla. Estuvo casada cuatro veces y tuvo cuatro hijos. Al enviudar por última vez, el rey Felipe II le concedió una pensión que equivalía al sueldo de un alférez más cinco escudos mensuales.



Fuente: buscandofotos.com
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Las guerras contra Francia

El Imperio Español mantuvo las guerras con Francia, por el apoyo francés a los rebeldes flamencos, obteniendo grandes victorias en San Quintín (1557) y Gravelinas (1558).

La primera de ellas ocurrió el 10 de agosto de 1557, festividad de San Lorenzo, en recuerdo de lo cual hizo edificar el Monasterio de El Escorial, edificio con planta en forma de parrilla (1563–1584).

En este monumental edificio, el más grande de su tiempo (y llamado entonces la octava maravilla del mundo), y concretamente en la Cripta Real están enterrados desde entonces casi todos los reyes españoles y sus miembros familiares más cercanos. En la Paz de Cateau-Cambrésis de 1559, Francia reconoció la supremacía hispánica, los intereses españoles en Italia se vieron favorecidos y se pactó el matrimonio con Isabel de Valois. Los problemas continuaron a partir de 1568 por el apoyo a los rebeldes flamencos de los hugonotes franceses.

Al término de las guerras italianas en 1559, la Casa de Austria había conseguido asentarse como la primera potencia mundial, en detrimento de Francia. Los estados de Italia, que durante la Edad Media y el Renacimiento habían acumulado un poder desproporcionado a su pequeño tamaño, vieron reducido su peso político y militar al de potencias secundarias, desapareciendo algunos de ellos.

En 1582 Álvaro de Bazán, el mejor marinero de la época, derrota a una escuadra de Corsarios franceses en la Batalla de la Isla Terceira, en la que se emplearon por primera vez en la historia fuerzas de infantería de tierra para la ocupación de playa, barcos y terreno, lo que se considera como «el nacimiento de la Infantería de Marina»

En 1590, aprovechando la muerte del cardenal de Borbón, rey de Francia por la Liga Católica, Felipe II intervino en las Guerras de religión de Francia contra Enrique IV. En los Estados Generales de 1593 convocados por el Duque de Mayene, como Lugarteniente General rival a Enrique IV, denegaron reconocer a Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II, como reina de Francia, lo que aprovechó Enrique IV para convertirse al catolicismo.9 La posición y esperanzas de Felipe II se desvanecieron hasta llegar a la Paz de Vervins (1598), en la que se restablecía la paz de Cateau-Cambrésis.

1.1.1. Batalla de San Quintín

La batalla de San Quintín fue una batalla transcurrida el 10 de agosto de 1557, que se dio en el marco de las Guerras italianas entre las tropas españolas y el ejército francés, con victoria decisiva para España.


Tras haber sido invadido en 1556 el Reino de Nápoles por las tropas francesas del duque de Guisa, Felipe II ordenó a las tropas españolas que se encontraban en los Países Bajos españoles invadir Francia. La guerra abierta entre Enrique II de Francia y Felipe II de España entraba en su fase más crucial.

Una parte de las tropas españolas eran soldados de los Tercios viejos de Nápoles, por entonces bajo soberanía española.


1.1.2. La Batalla de Gravelinas

La Batalla de Gravelinas tuvo lugar el 13 de julio de 1558, en el pueblo de Gravelinas, cerca de Calais marcando el final de la guerra entre Francia y el Imperio español que se prolongó desde el año 1547 al 1559.

Tras la brillante actuación de Manuel Filiberto de Saboya en la batalla de San Quintín, Enrique II de Francia preparó su desquite. Reclutó un nuevo ejército en la Picardía, que puso en manos de Louis Gonzaga, duque de Nevers; pidió ayuda naval al sultán otomano y alentó a los escoceses a invadir Inglaterra por el norte.

El duque de Guisa arrebató el puerto de Calais a los ingleses y avanzó hacia la ciudad de Thionville (frontera de Flandes y Francia), ciudad que tomó el 22 de junio de 1558. El señor de Termes invadió con otro ejército, formado por 12000 infantes, 2000 jinetes y mucha artillería, Flandes; tras pasar el río Aa por su desembocadura, conquistó Dunkerque y Nieuwpoort, amenazandoBruselas. De regreso a Calais por su gran ofensiva, es informado de que un ejército español le iba a interceptar en el río Aa.

1.1.3. Paz de Cauteu-Cambrésis
La Paz de Cateau-Cambrésis fue el tratado de mayor importancia de la Europa del siglo XVI, por la duración de sus acuerdos, que estarán vigentes durante un siglo, y porque dará lugar a una nueva situación internacional. Supuso el inicio de la preponderancia española, y por tanto un desplazamiento de los problemas hacia Occidente, gravitación aún acentuada por la unión de Portugal a la Monarquía hispánica en 1580.

El tratado de paz fue firmado entre España (Felipe II), Francia (Enrique II de Francia) e Inglaterra (Isabel I de Inglaterra). Las conversaciones se iniciaron en la abadía de Cercamp, pero después se trasladarían al castillo de Cateau-Cambrésis. Cateau-Cambrésis, al que debe su nombre, es una comuna francesa unos 20 km al sureste de Cambrai. El 2 de abril de 1559 los representantes de Francia e Inglaterra acordaron:

La entrega de Calais a los franceses por un periodo de 8 años. Transcurrido dicho período debería ser devuelto y, en caso contrario, deberían pagar 500.000 escudos de oro.

Al día siguiente, Felipe II de España y Enrique II de Francia acordaron:

  • San Quintín, Ham y Châtelet se devolvían a Francia, así como los obispados de Metz, Tolón y Verdún.
  • Las distintas plazas ocupadas por los franceses en Flandes pasaban de nuevo a España.
  • España retiene el Franco Condado.
  • Francia renuncia para siempre a sus ambiciones italianas y devuelve Saboya y Piamonte a la Casa de Saboya, Córcega a Génova y el Monferrato a Mantua.
  • Francia y España deciden trabajar acordes y activamente contra la herejía protestante, lo que va a propiciar en un futuro próximo las guerras de religión francesas.

La paz se consolidó con dos matrimonios:

  • Manuel Filiberto, duque de Saboya, con Margarita, duquesa de Berry, hermana de Enrique II.
  • Felipe II con Isabel de Valois, hija de Enrique II. La paz consolidó la hegemonía española.

Los tratados de Cateau-Cambrésis significarán un largo período de tranquilidad en la península italiana, tras el asentamiento del poder español y los problemas civiles franceses.

Cuando en la segunda mitad del siglo XVII las tornas se vuelvan y la decadencia española sea evidente, Francia estará más interesada por otras áreas geográficas. Por tanto, hasta el siglo XVIII, los Estados italianos podrán vivir en paz, aunque marginados de los principales asuntos europeos.

Durante los festejos de celebración por la paz, una lanza atravesó el ojo de Enrique II, que murió poco después.

Fuente(s): http://latierraesredonda.wordpress.com/2011/05/14/guerras-contra-francia/
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El Milagro de Empel y la inmaculada

El llamado Milagro de Empel fue un suceso presuntamente acaecido el 7 y 8 de diciembre de 1585, a raíz del cual la Inmaculada Concepción fue proclamada patrona de los Tercios españoles y actual infantería española.

El milagro
De acuerdo con la tradición, el 7 de diciembre de 1585, el Tercio del Maestre de Campo Francisco de Bobadilla combatía durante la Guerra de los Ochenta Años en la isla de Bommel, situada entre los ríos Mosa y Waal, bloqueado por completo por la escuadra del almirante Holak. El bloqueo se estrechaba cada día más y se agotaron los víveres y las ropas secas. El jefe enemigo propuso entonces una rendición honrosa pero la respuesta española fue clara: «Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos». Ante tal respuesta, Holak recurrió a un método harto utilizado en ese conflicto: abrir los diques de los ríos para inundar el campamento enemigo. Pronto no quedó más tierra firme que el montecillo de Empel, donde se refugiaron los soldados del Tercio.

En ese crítico momento, de acuerdo con la tradición, un soldado del Tercio cavando una trinchera tropezó con un objeto de madera allí enterrado. Era una tabla flamenca con la imagen de la Inmaculada Concepción.

Anunciado el hallazgo, colocaron la imagen en un improvisado altar y el Maestre Bobadilla, considerando el hecho como señal de la protección divina, instó a sus soldados a luchar encomendándose a la Virgen Inmaculada:
Este tesoro tan rico que descubrieron debajo de la tierra fue un divino nuncio del bien, que por intercesión de la Virgen María, esperaban en su bendito día.

Según indica la citada tradición, un viento completamente inusual e intensamente frío se desató aquella noche helando las aguas del río Mosa.

Los españoles, marchando sobre el hielo atacaron por sorpresa a la escuadra enemiga al amanecer del día 8 de diciembre y obtuvieron una victoria tan completa que, según dichas versiones, el almirante Holak llegó a decir: «Tal parece que Dios es español al obrar, para mí, tan grande milagro».

Aquel mismo día, entre vítores y aclamaciones, la Inmaculada Concepción es proclamada patrona de los Tercios de Flandes e Italia.

Sin embargo, este patronazgo sólo se consolidaría mucho más adelante, cuarenta años después de que en la bula Ineffabilis Deus del 8 de diciembre de 1854, se proclamase por parte del papa Pío IX como dogma de fe católica la Concepción Inmaculada de la Virgen Santísima.
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Los Lansquenetes Alemanes

Lansquenete (en alemán Landsknecht, servidor del país (de «Land», tierra o país y «Knecht», servidor), nombre con que se designó a algunos mercenarios alemanes que operaron entre el siglo XV y el XVII.


Los lansquenetes pertenecían a una clase de soldados de infantería que al principio no eran más que unos siervos que hacían la guerra en calidad de peones, y servían a los caballeros de palafreneros, sin llevar más armas que una pica. Más tarde ya formaron cuerpos independientes de piqueros, que se distinguían por llevar vistosos uniformes y llegaron a constituir la base de la infantería alemana en la época del Renacimiento. La infantería de lansquenetes peleó también en España al lado de los tercios españoles mientras reinaba la casa de Austria.


Etimología

El origen del término esta en las palabras de origen alemán Land (tierra, país) y Knecht (siervo), originariamente acuñado por Pedro de Hagenbach para designar a los soldados de infantería mercenarios suavos del Sacro Imperio Romano Germánico. Vendrían a ser como gente del campo en contraposición a la gente de la montaña, o sea los mercenarios suizos. Ya a principios del siglo XVI el término acabó derivando en Lanzknecht debido a la asociación del término con la palabra Lanze (lanza), que era su principal arma.

Historia

Maximiliano I de Habsburgo creó los primeros regimientos de lansquenetes. Pidió a Jorge de Frundsberg, también conocido como el Padre de los Lansquenetes, que le ayudara en su organización. Posteriormente lucharían en casi todas las campañas militares del siglo XVI, a veces enfrentados en ambos bandos. El Lansquenete, entrenado inicialmente por maestros Suizos con las técnicas de los mercenarios suizos, acabó contribuyendo a su derrota, ya que las formaciones en la batalla dependían en exceso de los combates mano a mano, siendo demasiado vulnerables a la mayor potencia de fuego de la Artillería y los arcabuces. El poder de la artillería Francesa o de la Española supuso un gran revés para las formaciones Suizas, y además en frente tenían el muro de picas de los Lansquenetes que acababan rematando las agotadas columnas suizas una vez terminado el ataque de artillería.
Abanderado lucha contra cinco lansquenetes, grabado de Daniel Hopfer.

Los Lansquenetes, aunque de carácter más bien conservador en el uso de armas y siempre con mayoría de piqueros, estaban más dispuestos a emplear armas de fuego que los Suizos, ya que sus tácticas dependían menos de las cargas a la carrera y, como soldados imperiales, en las formaciones luchaban mezclados con Españoles que usaban frecuentemente el arcabuz y, más tarde, el mosquete.

Típicamente, los Lansquenetes eran de Suabia, Alsacia, Flandes, y Renania, aunque los últimos regimientos se formaban de hombres de cualquier parte de Europa.

Su comportamiento en el campo de batalla era muy variable. A veces, como en la Batalla de Pavía, se mostraban como el instrumento fundamental para la victoria. Sin embargo, en muchas otras ocasiones (como en las posteriores Guerras Italianas, Guerras Religiosas Francesas y Guerra de los Ochenta Años) su valentía y disciplina es fácilmente criticable, y las formaciones Españolas de la Armada Imperial solían rechazar el uso de Lansquenetes en las batallas. Se dice que el Duque de Alba solo los contrataba para que no engrosaran las filas de sus enemigos, y que nunca tuvo la intención de luchar con ellos. Los Hugonotes despreciaron a sus mercenarios después de de estos se llevaran la peor parte en la carga de los piqueros Suizos en la Batalla de Dreux.

Organización


Lansquenete con su esposa. Grabado de Daniel Hopfer. La enorme Zweihänder descansa sobre su hombro, y la pequeña Katzbalger esta en su cadera. Son sus dos principales símbolos.

Normalmente el número de hombres de un regimiento variaba desde los 4.000 hasta los 10.000, según las circunstancias, o incluso a veces de más hombres - la Banda Negra, que generalmente estaba considerado como un regimiento de lansquenetes, se componía de 17.000 hombres cuando fue contratada por los Franceses en 1515. Esta flexibilidad es la que les permitía ser utilizados para diversas funciones según las condiciones de la batalla.

El Obrist (equivalente a un Coronel) era el encargado de reclutar al regimiento para el Emperador. Primero reclutaba a su segundo, el Locotenent (un Teniente Coronel), a su personal de servicio y a los Hauptmann (Capitán) que dirigían las Fähnleins (Compañias). Luego cada Hauptmann nombraba a su Teniente y Alférez. Otros rangos incluían Comandante de la Corte Marcial y oficiales al cargo del abastecimiento y logística.

Los reclutas debían cumplir unas condiciones para ser aceptados: tener armas propias, un jubón y calzado. La condición de poseer equipo propio, junto al uso masivo de picas, son características rescatadas de la antigua tradición de los hoplitas griegos.

Las Fähnleins solían componerse de 400 hombres, de los cuales los 100 más experimentados y mejor equipados recibían el doble de paga que sus compañeros, por lo que eran denominados Doppelsöldner.

La Tross eran los acompañantes o "tren de equipaje" que viajaban junto a cada Lansquenete, llevando sus artículos militares, la comida y las pertenencias de cada uno y su familia. La Tross estaba compuesto tanto por sirvientes y artesanos, como por mujeres y niños.


Armas

Los Lansquenetes fueron entrenados en el uso de las famosas picas largas y en tácticas de formaciones de falanges de piqueros desarrolladas por los Suizos. La mayoría de ellos usaban picas, pero otros destinados a proporcionar asistencia a los piqueros usaban otras armas. Por ejemplo, un Lansquenete experimentado podía ser designado como Doppelsöldner, y en lugar de utilizar la misma pica que usaban los reclutas más recientes, empleaba una alabarda o partesana de más de 2 metros de larga, o, más famosa aún, una Zweihänder, una espada de dos manos de 2 metros (a veces también es llamada Beidhänder). Estas grandes espadas podían ser utilizadas para destrozar las puntas de las picas del enemigo, o más probablemente para golpearlas de lado y desorganizar las filas y conseguir romper la línea enemiga.
Ernesto Friedrich, Margrave de Baden-Durlach.

Sin embargo, el valor táctico de los Doppelsöldner debe haber sido muy limitado, e incluso haberse reducido después de 1510 (aunque las pruebas gráficas de la utilización de estas espadas en primera línea de batalla sigue existiendo hasta bien entrado el siglo XVI) - sus adversarios Suizos habían rechazado su uso incluso a principios del siglo XV, ya que el arma era demasiado grande y su uso se limitaba a la lucha contra las picas. "Doppelsöldner" significaba "doble mercenario", ya que su paga era el doble del salario de alguien con menos experiencia.

Otros Lansquenetes utilizaban el arcabuz, el precursor del mosquete. Al principio de ser formados los Lansquenetes, los Arcabuceros representaban una octava parte del total de soldados. Gradualmente su número fue ampliándose hasta representar la cuarta parte del regimiento.

El arma por excelencia del Lansquenete era una espada corta con los gavilanes en forma de lazo llamada Katzbalger, que se llevaba además del arma principal. De hecho, la Katzbalger era considerada como el auténtico símbolo de los Lansquenetes. Los ilustradores Suizos ponían mucho cuidado en este aspecto, e indicaban que un mercenario era un Lansquenete pintando esta espada junto a su dueño.

Ropaje

Sin embargo, lo que más caracterizaba a los Lansquenetes eran sus ropas, en principio similares a las de Suizos, y luego más tarde anárquicamente excesivas. El Jubón era de tipo acuchillado con mangas abullonadas. La camisa era muy ancha y con aparente desgaste, formada por diferentes capas de tela de distintos colores. El calzón o batanga era ancho, largo y también acuchillado, a veces adornado con ligas de colores. Las calzas eran ligeras y se sujetaban al pie mediante una tira. Los zapatos generalmente eran planos. Solían usar una gran boina plana como sombrero, adornada con altas plumas de colores. Su vestimenta les hacía inconfundibles debido a su excesivo colorido.

Extraido en Wikipedia
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Las Cuentas del Gran Capitan

Las Cuentas del Gran Capitán son un tópico cultural español que se basa en una anécdota atribuida a Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, que ridiculizó a Fernando el Católico cuando éste le pidió cuentas de los gastos en que había incurrido durante la campaña de Nápoles, a finales del año 1506. La respuesta de aquél fue desafiar al rey con una enumeración de gastos exorbitantes en conceptos absurdos, (la frase más famosa, que suele usarse también como tópico es en picos, palas y azadones, cien millones…) pero que aludían directamente al heroísmo de sus soldados y a las victorias conseguidas, que habían supuesto la derrota francesa y proporcionado en la práctica acceso al resto de Italia desde la base del reino de Nápoles. Como frase hecha, se utiliza para calificar de exagerada a una relación de gastos, o incluso a un listado de cualquier tipo, para ridiculizar una relación poco pormenorizada o para negar una explicación pedida por algo a la que no se tiene derecho.
Castel Nuovo, Nápoles, donde posiblemente tuvo lugar la anécdota.

Tópico y estereotipo
Como tópico, viene a coincidir con el estereotipo que se dibuja del carácter nacional español en el siglo XVI, que en sus extremos más negativos es fijado en la Leyenda Negra, y en sentido contrario, es tomado como muestra de las virtudes viriles de la raza por el pensamiento reaccionario español. Como en la anécdota, este carácter sería fiel pero orgulloso, desapegado de lo material, valiente hasta la temeridad, violento y desafiante, y no se rebaja a rendir ni pedir cuentas (únicamente a las de lances amorosos y muertos en desafío que Don Juan Tenorio hace con Don Luis Mejía, que había puesto su pica en Flandes, mientras el otro lo hacía en Italia). La mentalidad burguesa y capitalista es despreciada por la aristocrática propia del Antiguo Régimen de la Monarquía Católica.

Tratamiento literario
El tratamiento literario del hecho se debe a una recomposición (véase más abajo un texto que puede considerarse más próximo al real) que comienza rimada y que habrá de considerarse popular, puesto que más que del original o de otro autor conocido provendría de sucesivos añadidos:
Por picos, palas y azadones, cien millones de ducados; por limosnas para que frailes y monjas rezasen por los españoles, ciento cincuenta mil ducados; por guantes perfumados para que los soldados no oliesen el hedor de la batalla, doscientos millones de ducados; por reponer las campanas averiadas a causa del continuo repicar a victoria, ciento setenta mil ducados; y, finalmente, por la paciencia de tener que descender a estas pequeñeces del rey a quien he regalado un reino, cien millones de ducados.

Más de un siglo más tarde, parte de la divulgación del tópico se debe a una obra de teatro homónima, de Lope de Vega.


Los hechos y su significado

Una interpretación del hecho supone que, tras la muerte de Isabel la Católica en 1504, viendo su viudo Fernando el Católico que la Guerra de Italia estaba siendo enormemente costosa, pidió a Gonzalo Fernández de Córdoba que le presentara cuentas justificadas de tales gastos. Parece ser que los enemigos políticos del Gran Capitán querían aprovechar la muerte de la reina, hasta entonces valedora del militar castellano.

Una narración clásica, que se no se priva de aplaudir el desplante castizo del Gran Capitán, se encuentra en la biografía del Gran Capitán obra de Luis María de Lojendio:

En la tarea de revisión administrativa a que se aplicaba don Fernando llegó su turno al obligado descargo de la gestión económica. El Rey, que vivía en constante forcejeo con la penuria de medios que le ahogaba, concedía a este capítulo una gran importancia. Entre sus contadores figuraba Juan Bautista Spinelli, que había cultivado en el ánimo del Monarca los grandes recelos sobre el despilfarro del Gran Capitán, «así como aquel que sagacísimamente buscaba las cuentas de los gastado y de todo lo recibido, y mostró cómo no había dejado cosa alguna en el fisco, a fin que dando desordenadamente viniese a ganar nombre de liberalísimo» (Paulo Jovio, pg. 540).

Al decir de la crónica manuscrita, este Spinelli se mostraba ahora arrogante con Gonzalo. Se había crecido, confiando en la protección de don Fernando. Llegó a comportarse en público con notoria falta de respeto. Y en cierta ocasión en que se manifestó así ante don Gonzalo y su acompañamiento, «aunque el Gran Capitán era el hombre del mundo más sufrido y que de mejor voluntad perdonaba las injurias, visto que todos aquellos caballeros habían mirado en ello y a él díjo: Venid acá Juan Baptista. Soliades vos pasar por delante de mi con tanto desacato.

Y antes que respondiese, le tomó por los cabellos y le dio dos bofetadas, de manera que le hinchó la boca de sangre» (Crónica manuscrita pg. 445). Este pudo ser, muy bien, el estado de ánimo en que Gonzalo de Córdoba fue llamado a rendir cuentas de su administración. De todos es conocida la leyenda famosa. Casi con las mismas palabras consignan el incidente de la crónica general (pg. 224 y 225), la manuscrita (pg. 443) y Paulo Jovio (542 y 543):


«Había Gonzalo Hernández en aquellos días burlado la diligencia y curiosidad de los tesoreros envidiosos, y a él enojados y al Rey poco honrosos, que siendo llamado como a juicio para que diese cuenta de lo gastado en la guerra y del recibo asentado en la tesorería y mostrando ser muy mayor la entrada que no era lo gastado, respondió muy severamente que él traería otra escritura muy más auténtica que ninguna de aquéllas, por lo cual mostraría, clara y patentemente que, había mucho más gastado que recibido y que quería que le pagasen todo el alcance de aquella cuenta como deuda que le debía la Cámara Real.

El día siguiente presentó un librillo y con un título muy arrogante con que puso silencio a los tesoreros y al Rey y todos mucha risa. En el primer capítulo asentó que había gastado en frailes y sacerdotes, religiosos, en pobres y monjas, los cuales continuamente estaban en oración rogando a Nuestro Señor Jesucristo, y a todos los santos y santas que le diesen victoria, doscientos mil y setecientos treinta y seis ducados y nueve reales. La segunda partida asentó setecientos mil y cuatrocientos y noventa y cuatro ducados a las espías de los cuales había entendido los designios de los enemigos y ganado muchas victorias, y finalmente, la libre posesión de tan gran reino.

Entendida del Rey la argucia mandó poner silencio, porque quien sería aquél si no fue algún ingrato o verdaderamente de baja y vil condición que buscase los deudores y quisiese saber el número de los dineros dados secretamente de un tan excelente capitán» (Crónica general, pgs. 244 y 245).

Esta es una de las anécdotas de que más ha gustado la fantasía española, porque el gesto de Gonzalo, con cuanto tiene arrogancia y desplante, de fino humor y amarga ironía, encaja plenamente en la psicología de su pueblo. Y como ocurre en España con todos los relatos ingeniosos, la fantasía, cuando se apoderó de él, lo fue completando. Las partidas de esa cuenta famosa se ampliaron. Ya no se trataba tan sólo de esos dos asientos iniciales que consignan las crónicas.

Surgieron los diez mil ducados de guantes perfumados, los ciento setenta mil por reponer campanas gastadas a fuerza de repicar victorias, los cien millones por la paciencia en escuchar al Rey que pedía cuentas al que le regaló un Reino... La anécdota pasaba a ser tema de leyenda' ¿Qué pudo haber de realidad en el gesto inicial? Don Antonio Rodríguez Villa, que con su investigación fecunda y competente tanta luz proyectó sobre la figura del Gran Capitán, ha dejado bien centrado el alcance de este problema:

«Puede a este propósito decirse —escribe en informe dirigido a la Real Academia de la Historia— que si el hecho no fue cierto y oficial, mereció serio, y lo fue, en nuestra opinión, de una manera oficiosa. Porque, enojado y resentido aquel invicto caudillo de que los codiciosos tesoreros de S. A., acaso incitados por ella, le apremiasen continuamente a dar cuenta de los gastos hechos en la segunda conquista de Nápoles, les presentó o refirió de palabra aquellas irónicas, y graciosas partidas de descargo, que tanto se celebraron entonces y perduran todavía ahora en nuestra memoria».

No hay razones que obliguen a dudar: de la certeza de este incidente en su alcance concreto, tal como lo refieren las crónicas. Gonzalo, por su temperamento, por su noble desinterés y generosidad, no podía admitir una mezquina discusión de cuentas con gentes de la traza de un Spinelli. Se sentía ofendido, no sólo por, el desconsiderado acoso de los tesoreros, sino también por la actitud del Monarca, que, cuando menos, lo toleraba. Desahogó su amargura envolviéndola en ingenio e ironía. Cuando se enteró el Rey Católico de las partidas fantásticas de aquella rendición de cuentas, apreció en su justa medida cuán ruin y ridículo resultaba este forcejeo.

Lojendio pone el episodio en el contexto del desembarco de Fernando en Nápoles el 1 de noviembre de 1506, poco después de enterarse de la muerte de Felipe el Hermoso en Burgos (25 de septiembre). La posición que tiene en ese momento el rey es delicada: debe procurar restaurar en sus posesiones a todos los nobles napolitanos que le sea posible (a excepción de los dos más significados partidarios de Carlos VIII de Francia: el Príncipe de Rossano y el conde de Campobasso), en perjuicio de los compañeros a los que el Capitán ha repartido un generoso botín (cita Lojendio a Pedro de Paz, Antonio de Leiva, Benavides, Gómez de Solís, el Prior de Messina, Luis Herrera, el Comendador de Trebejo, Diego García de Paredes, el capitán Cuello, Mosén Mudarra y Micer Teodoro, capitán de albaneses).

* La gran amargura, la gran decepción de aquellos soldados victoriosos hería en su alma la fibra más sensible: la de su generosidad extremada. En este momento de su vida, bajo la influencia de este estado de ánimo, se suscita el episodio de las famosas cuentas del Gran Capitán.

La posición de Gonzalo de Córdoba no excluía la posibilidad de convertirse él mismo en rey de Nápoles (como le sugería algún compañero de armas o algunos napolitanos), o cambiar de bando como cualquier otro condotiero de la Italia de la época, y ponerse al servicio del Papa o de quien mejor hiciese las cuentas. Fernando se las apañó para volver con él a España, conjurando el peligro.

Recluido en sus feudos andaluces, verá cómo los torreones de su castillo de Montilla serán desmochados, como los de muchos otros nobles levantiscos. La monarquía autoritaria, aún en sus inicios, estaba luchando por imponerse, y los tiempos corrían en su favor. Es bien sabido que Fernando estaba siendo observado por Maquiavelo, que le tomó como uno de los modelos de su Príncipe perfecto.

También es bien sabido que, en el estereotipo del español castizo, esa dimensión calculadora y pragmática de Fernando era peor vista que la de otros reyes más idealistas (y no menos prudentes, como Felipe II).


No hay que olvidar que a la muerte de Isabel, Fernando sólo es rey en la Corona de Aragón, a la que están vinculados los reinos italianos desde el siglo XIII (vísperas sicilianas), mientras que en la Corona de Castilla la reina es su hija Juana (Juana la Loca). El que volvieran a unirse las dos coronas fue en parte un azar, ya que Fernando volvió a casarse (con Germana de Foix) y podía haber tenido descendencia.

No obstante nunca dejó de gravitar sobre la política castellana, tutelando tanto la actividad de su hija como la de su yerno (Felipe el hermoso, cuya temprana muerte hacía el equilibrio aún más complicado), y la declaración de locura de Juana que le hicieron retomar el control, como regente en nombre de la reina incapaz y en espera de la mayoría de edad de su nieto Carlos (futuro Carlos I de España).

La unión de las dos coronas era únicamente personal en la figura de sus reyes, y se había disuelto –nadie sabía si temporal o definitivamente- con la muerte de la reina. Los proyectos de expansión de cada una eran geográficamente opuestos: atlántico el de Castilla y mediterráneo el de Aragón. La alianza secular de la alta nobleza castellana (la lana) con Flandes (los paños), en ese momento controlado por Maximiliano de Habsburgo, consuegro de Fernando el Católico por ser el padre de Felipe el Hermoso, era compatible sólo hasta cierto punto con la expansión por Italia y el norte de África, coyunturalmente y más que otra cosa por el común enemigo: el reino de Francia.

La no integración entre Castilla y Aragón se ve claramente en la exclusión de ésta última de la recién comenzada aventura americana: será Sevilla la que organice el monopolio de este comercio, reservado a comerciantes de nacionalidad castellana, y no podrán intervenir catalanes, valencianos ni aragoneses. Lo indica explícitamente el lema que el propio Fernando mandó grabar como epitafio en la tumba del Almirante, muerto ese mismo año de 1506:
Por Castilla y por León
nuevo mundo halló Colón.

que se convirtió (la mutación de las frases célebres no es exclusiva de las Cuentas) en una coplilla popular irónicamente terminada con otro verso: Con los cuartos de Aragón.

Las tropas de Gonzalo en Italia son los famosos Tercios, tropas experimentadas en la Guerra de Granada y de base nacional castellana, aunque mercenarias y por tanto abiertas a cualquier soldado de fortuna de Europa, como los citados albaneses, y que no tardando mucho incluirían a los famosos lansquenetes alemanes, que se destacaron veinte años más tarde, ya en reinado de Carlos V, en la batalla de Pavía (que significó la captura de Francisco I de Francia y el dominio español sobre el norte de Italia a través del ducado de Milán) y el subsiguiente saco de Roma.

Extraido en Wikipedia
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Anécdota del Rey de Chile

El rey de Chile (Felipe II de España)

Según el historiador Diego de Rosales, cuando el Infante Felipe (posteriormente Felipe II de España) se casó con María I de Inglaterra, para elevar su condición de Príncipe a la de Rey, y en vista de la división administrativa del Imperio, se casó con el título de "Rey de Chile".


(...) en aquella corte y asistencia que el Emperador hizo en Flandes, trató de casar a su hijo Philipe con la serenísima doña María, única y singular heredera de los Reinos de Inglaterra; y como los grandes de aquel Reino, conociendo que doña María era legítima Reina respondieron que había de ser rey quien se casase con ella, se trató que el príncipe se coronara por Rey de Chile, y como ya estas provincias, que antes no tenían otro título, estuviesen por el Emperador y perteneciesen a la Corona de Castilla, dicho pues hagamos Reino a Chile.

Diego de Rosales, Historia general del reino de Chile, Flandes Indiano

Este comentario de Rosales, no ha sido recogido por otros historiadores de la época, por lo que dado que Felipe II fue hecho Rey de Nápoles para igualar la categoría de María I, se lo considera una anécdota falsa. La Real Academia de Historia de España en su libro Reflexiones sobre el ser de España publicado en 1963, niega rotundamente tal anécdota. Gaudencio Clareta en su libro de 1892 Il Ducca di Savoia Emanuele Filiberto e la Corte di Londra negli anni 1554 e 1555, trata ampliamente sobre la negociación y el matrimonio de Felipe II sin mencionar nada al respecto.

Fundación de Santiago de Nueva Extremadura

Pedro de Valdivia llegó a Chile no con la finalidad de ganar oro (siguiendo en ese caso la doctrina europea del Mercantilismo). Valdivia llegó con la misión de evangelizar, de enaltecer el nombre de la Corona Europea, entregar y expandir el territorio del Imperio y dejar herencia a sus hijos -según la Carta que envió al rey regente Carlos V. Fue en este plan en que Pedro de Valdivia llegó a Chile a conquistarlo en nombre de Dios y de su rey; así fundó la primera ciudad del Reyno de Chile el 12 de febrero de 1541. Valdivia fundó la ciudad de Santiago de Nueva Extremadura bajo la instrucción del Sistema Damero de calles y solares; y a su vez fundó Santiago en el lugar donde todos sabemos que se encuentra por cinco razones:

  • 1.- Cerro cercano para pronta defensa: Cerro Huelén
  • 2.- Abundante bosque para talar y extraer madera
  • 3.- Cercanía relativa al mar para un futuro puerto y llegada de mercancías
  • 4.- Los indígenas que habitaban el Valle de Aconcagua era los Picunches, los huilliches vivían en las costas de las actuales regiones de Los Lagos y Los Ríos (amistosos y domables)
  • 5.- Un poderoso y cristalino río que baña la Cañada que desembocaría en el riego de cultivo, este río era el Rio Mapocho
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La Batalla de Gravelinas

La Batalla de Gravelinas tuvo lugar el 13 de julio de 1558, en el pueblo de Gravelinas, cerca de Calais marcando el final de la guerra entre Francia y el Imperio español que se prolongó desde el año 1547 al 1559.



Tras la brillante actuación de Manuel Filiberto de Saboya en la batalla de San Quintín, Enrique II de Francia preparó su desquite. Reclutó un nuevo ejército en la Picardía, que puso en manos de Louis Gonzaga Duque de Nevers; pidió ayuda naval al sultán otomano y alentó a los escoceses a invadir Inglaterra por el norte. El duque de Guisa arrebató el puerto de Calais a los ingleses y avanzó hacia la ciudad de Thionville (frontera de Flandes y Francia), ciudad que tomó el 22 de junio de 1558. El señor de Termes invadió con otro ejército, formado por 12000 infantes, 2000 jinetes y mucha artillería, Flandes, tras pasar el río Aa por su desembocadura, conquistó Dunkerque y Nieuport y amenazando a Bruselas, de regreso a Calais por su gran ofensiva, es informado que un ejército español le iba a interceptar en el río Aa.




Desarrollo de la batalla

A su vez, el duque de Saboya y Felipe II reunieron un ejército de 15000 infantes y 3000 jinetes, dando el mando al conde de Egmont. Éste se presentó en Gravelinas el 13 de julio de 1558. Sorprendido por la rapidez de la maniobra española, Termes tuvo que presentar batalla (porque tenía el río a su espalda, el mar a su izquierda y su derecha totalmente embarullada por la columna de bagajes de su propio ejército). Despliega su ejército en la orilla izquierda del río, creando en el flanco del bagaje un doble línea formada por la caballería y la artillería, dejando a la infantería detrás. Su mala situación, sin embargo, no impidió a los franceses creer que la victoria sería fácil.

El conde de Egmont, mientras tanto, había dejado a la artillería detrás ya que le estorbaban pues debían interceptar a los franceses antes de que cruzasen el río Aa. Avistada las posiciones francesas, Egmont situa a sus tropas en una media luna, dejando a la caballería ligera en los flancos y en el centro a los tercios españoles, junto a unidades de alemanes y flamencos.



Los franceses cañonearon y se establece un combate desordenado entre ambas caballerías de resultado dudoso. Una vez más se reveló la capacidad de los arcabuceros españoles, por aquel entonces los mejor armados y entrenados del continente. Los arcabuces acribillaron a la caballería francesa, luego, los españoles toman la doble hilera del bagaje y disparan sobre la infantería resguardada detrás de los carros, creando un gran desorden entre las filas francesas. Egmont, decide atacar con su caballería sobre el centro francés, el propio conde de Egmont estaba en la cabeza de sus jinetes. A su vez, barcos vizcaínos e ingleses bombardeaban la retaguardia francesa, causándole numerosas bajas. El resultado de la batalla no podía haber sido peor para los franceses: tan solo 1500 hombres habían conseguido huir, el resto yacía muerto o prisionero en el campo de batalla, el señor de Thermes, fue hecho prisionero. Los franceses se vieron obligados a replegarse a sus fronteras.

Tras esta nueva derrota, que se sumaba a la de San Quintín, Enrique II de Francia se vio obligado a firmar la paz con Felipe II en la llamada Paz de Cateau-Cambrésis en 1559. Fue precisamente a raíz de ese tratado que Felipe II contrajo matrimonio con Isabel de Valois -hija de Enrique-, mientras que Manuel Filiberto hizo lo propio con Margarita de Valois -hermana del rey e hija de Francisco I de Francia.


Extraido en Wikipedia 

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Emperador Felipe II

Rey de España y Portugal (Valladolid, 1527 - El Escorial, 1598). Era hijo de Carlos I y de Isabel de Portugal. Durante el reinado de su padre había asumido en varias ocasiones las funciones de gobierno -bajo la tutela de un Consejo de Regencia-, por ausencia del emperador, absorbido por los conflictos de los Países Bajos (1539) y Alemania (1543).

En 1554 Carlos I abdicó en él Nápoles y Milán, al tiempo que la boda con María Tudor le convertía en rey consorte de Inglaterra; las abdicaciones del emperador se completaron con la entrega a Felipe de los Países Bajos, Sicilia (1555), Castilla y Aragón (1556). Austria y el Imperio fueron entregados al tío de Felipe, Fernando, quedando separadas las ramas alemana y española de la Casa de Habsburgo.

Felipe II modernizó y reforzó la administración de la Monarquía Hispana, apartándola de las tradiciones medievales y de las aspiraciones de dominio universal que había representado la Monarquía Católica de su padre. Los órganos de justicia y de gobierno sufrieron notables reformas, al tiempo que la corte se hacía sedentaria (capitalidad de Madrid, 1560). Desarrolló una burocracia centralizada, sobre la cual ejercía una supervisión directa y personal de los asuntos.


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Pero las cuestiones financieras le sobrepasaron, dado el peso de los gastos militares sobre la maltrecha Hacienda Real; en consecuencia, Felipe hubo de declarar a la Monarquía en bancarrota en tres ocasiones (1560, 1575 y 1596).

Alrededor del rey se disputaban el poder dos «partidos»: el del duque de Alba y el que encabezaron primero el príncipe de Éboli y más tarde Antonio Pérez; las luchas entre ambas redes se exacerbaron a raíz del asesinato del secretario Escobedo (1578), culminando con la detención de Pérez y el confinamiento de Alba. Desde entonces hasta el final del reinado, dominó el poder el cardenal Granvela, coincidiendo con la época en que, gravemente enfermo el rey, se alejó de los asuntos de gobierno y delegó en Juntas de nueva creación.

En política exterior, el reinado de Felipe II se inició con la liberación de la Corona de las responsabilidades imperiales (1556), el abandono del proyecto de unión con Inglaterra por la muerte de María Tudor (1558) y las victorias militares de San Quintín (1557) y Gravelinas (1558), que pacificaron temporalmente el recurrente conflicto con Francia (Paz de Cateâu Cambrésis, 1559).


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En consecuencia, Felipe II pudo orientar su política hacia el Mediterráneo, encabezando la empresa de frenar el poderío islámico representado por el Imperio Turco; esta empresa tenía tintes de cruzada religiosa, pero también una lectura de política interior, pues Felipe hubo de reprimir una rebelión de los moriscos de Granada (1568-71), musulmanes de sus propios reinos que habían apelado al auxilio turco.

Para conjurar el peligro formó Felipe la Liga Santa, en la que se unieron a España Génova, Venecia y el Papado. La resonante victoria que obtuvieron sobre los turcos en la batalla naval de Lepanto (1571) quedó reafirmada en los años posteriores con las expediciones al norte de África.

A finales de la década de 1570, distraída la atención de los turcos por la presión persa en el este, disminuyó la tensión en el Mediterráneo.

http://img.webme.com/pic/n/neronsoft/felipeii.jpgEllo permitió a Felipe reorientar su política hacia el Atlántico, para atender a la grave situación creada por la sublevación de los Países Bajos contra el dominio español, alentada por los protestantes desde 1568; a pesar del esfuerzo militar que dirigieron, sucesivamente, el duque de Alba, Requeséns, don Juan de Austria y Alejandro Farnesio, las provincias del norte de los Países Bajos se declararon independientes en 1581 y ya nunca serían recuperadas por España.


La orientación atlántica de la Monarquía se acrecentó en 1581, al incorporar el reino de Portugal, aprovechando una crisis sucesoria en la que Felipe II hizo valer sus derechos al Trono mediante la invasión del país, que le convirtió en Felipe I de Portugal. En aquel momento alcanzó la Monarquía su mayor expansión territorial, añadiendo a sus dominios europeos las colonias españolas y portuguesas en América, África, Asia y Oceanía, hasta constituir un imperio en el que «no se ponía el sol».

http://img.webme.com/pic/n/neronsoft/felipeiideespana.jpgAprovechando las guerras de religión, Felipe se permitió también intervenir en 1584-90 en la disputa sucesoria francesa, apoyando al bando católico frente a los protestantes de Enrique de Navarra (el futuro Enrique IV), circunstancia que aprovechó para intentar sin éxito poner en el Trono francés a su hija Isabel Clara Eugenia (nacida del tercer matrimonio de Felipe, con la hija de Enrique II de Francia, Isabel de Valois).


La mayor presencia española en el Atlántico acrecentó la tensión con Inglaterra, manifestada en el apoyo inglés a los rebeldes protestantes de los Países Bajos, el apoyo español a los católicos ingleses y las agresiones de los corsarios ingleses contra el imperio colonial español (protagonizadas por Drake); todo ello condujo a Felipe a planear la invasión de la isla por la Armada Invencible, empresa que fracasó estrepitosamente en 1588, iniciando el declive del poderío español en Europa.

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Coincidió éste con la vejez y enfermedad de Felipe II, cada vez más retirado en el palacio-monasterio de El Escorial, que había hecho construir en 1563-84.


Al morir le sucedió Felipe III, hijo de su cuarto matrimonio (con Ana de Austria) el primer heredero varón que tuvo (el incapaz príncipe Carlos, hijo de su primer matrimonio con María Manuela de Portugal) había muerto muy joven encerrado en el Alcázar de Madrid y, según la «leyenda negra» que alentaban los enemigos de Felipe II, por instigación de su padre.

Extraido en biografiasyvidas
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La Batalla de San Quintín

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Tras haber sido invadido en 1556 el Reino de Nápoles por las tropas francesas del duque de Guisa, Felipe II ordenó a las tropas españolas que se encontraban en los Países Bajos españoles invadir Francia. La guerra abierta entre Enrique II de Francia y Felipe II de España entraba en su fase más crucial.

Preliminares de la batalla


El primer escenario del enfrentamiento se situó en Italia, donde el apoyo del Papa Pablo IV facilitó la entrada de tropas francesas para amenazar a los dominios españoles del Milanesado y sobre todo Nápoles. El Duque de Alba, que estaba al mando de los españoles, rechazó eficazmente a los invasores y aisló al Papa, hecho que le valió la excomunión a Felipe II.


Fue en la frontera entre Francia y Flandes donde se desarrollaron los principales escenarios de esta contienda. Ruy Gómez de Silva logró reclutar 8.000 infantes y cuantiosos fondos para la guerra. Felipe II, por su parte, visitó Inglaterra para recibir ayuda de su segunda esposa, María I Tudor. Obtuvo de ésta 9.000 libras y 7.000 hombres, que marcharon a Flandes bajo las órdenes de lord Permbroke, regresando Felipe II a Bruselas a principios de agosto. El ejército que llegó a concentrarse en la capital belga estuvo compuesto por unos 60.000 españoles, flamencos e ingleses, contando con 17.000 jinetes y ochenta piezas de artillería. El mando de este contingente fue a parar a manos de Manuel Filiberto, duque de Saboya, fiel y firme aliado de España que, años antes, había pasado al servicio de Carlos I cuando el rey de Francia despojó a su familia del ducado saboyano.

Ofensiva del duque de Saboya

La ofensiva se inició antes de que acabara ese mismo mes, con un movimiento de distracción estratégicamente planeado por Manuel Filiberto y dirigido a hacer creer a los franceses que las tropas aliadas invadirían la Champaña para luego dirigirse hacia Guisa, amenazando dicha plaza con un asedio, lo que motivó que los franceses enviaran numerosos efectivos para defenderla. En realidad, Manuel Filiberto tomó el camino de San Quintín, localidad de la Picardía situada a orillas del río Somme.

El impacto de esta medida entre los franceses fue determinante, ya que la guarnición de esta pequeña ciudad se limitaba a pocos centenares de soldados al mando de un capitán. El ejército español empezó el ataque el 2 de agosto, apoderándose del arrabal situado al norte, formado por unas cien casas y defendido por algunos fosos y baterías. La respuesta francesa fue enviar con prontitud extrema al almirante Gaspar de Coligny al mando de un contingente de socorro formado por apenas 500 hombres que logró introducirse en la ciudad durante la noche del 3 de agosto. Tras esta vanguardia de urgencia, a marchas forzadas, se aproximaba el ejército francés al completo, con unos 22.000 infantes, 8.000 jinetes y 18 cañones. Comandaban dicho ejército el condestable de Montmorency (tío de Coligny) y su hermano Andelot, que al frente de 4.500 soldados intentó también introducirse en la ciudad sitiada. Fracasó rotundamente en su propósito al ser interceptado por una emboscada del conde de Mansfeld, al servicio de Felipe II.

El error francés

El 10 de agosto de 1557, festividad de San Lorenzo, Montmorency decidió avanzar sobre la ciudad de San Quintín con la intención de que su vanguardia cruzara el Somne en barca y penetrara en la plaza. Su plan consistía en reforzar rápidamente a los sitiados mientras el grueso del ejército francés se resguardaba temporalmente en el cercano bosque de Montescourt.

Sin embargo, poco después, a raíz del profundo desprecio personal que sentía hacia Manuel Filiberto de Saboya, subestimando sus cualidades militares, Montmorency optó por cambiar de intención y ordenó que sus tropas abandonasen otra vez la protección del bosque, haciéndolas desplegar paralelamente mientras su vanguardia cruzaba el Somne. Esta imprudencia dejaba la puerta abierta a que los españoles pudieran cruzar el río por el puente de Rouvroy y así sorprenderle en mitad de la maniobra, pero el condestable de Montmorency confiaba ciegamente en que la estrechez del paso impediría tal posibilidad.

En este estado de cosas, un nuevo grupo mandado por Andelot cruzó con éxito el río, pero en la orilla izquierda se topó con los arcabuceros españoles, que causaron una cuantiosa matanza entre su tropa. Tan sólo unos 300 franceses lograron alcanzar la ciudad, y el mismo general Andelot resultó herido.

Ofensiva

Felipe II de España

El ala derecho del ejército español, formado por soldados españoles y alemanes, estaba al mando de Alonso de Cáceres. El centro del ejército, estaba a las órdenes de Julián Romero, con españoles, borgoñones e ingleses. El ala izquierda estaba formado por el famoso y temido Tercio de Alonso de Navarrete. Cerrando la formación estaba la caballería flamenca, al mando del fogoso Conde de Egmont.

La caballería ligera flamenca del Conde de Egmont acosó al flanco izquierdo de sus tropas y obligó a Montmorency a retirarse por enésima vez hacia el bosque, mientras la caballería francesa dirigida por Nevers trataba con dificultad de contener el ataque.

El estratégico puente sobre el Somne era estrecho, pero no tanto como suponía el condestable, de manera que las tropas del duque de Saboya lograron cruzarlo en poco tiempo. Además construyeron otro de barcas y tablones para permitir el cruce de más tropas, a la vez que la caballería de Egmont maniobraba hasta eludir el contraataque de Nevers y penetrar en el bosque donde se hallaba, ya totalmente copado, Montmorency. Ante esta asfixiante situación, el condestable no tuvo más remedio que presentar allí mismo batalla, desplegando a sus hombres de la mejor manera posible.


Mientras su retaguardia seguía amenazada por el conde de Egmont, la infantería de Felipe II ya se había desplegado y avanzaba en todo el frente. El duque Filiberto mandaba el centro; en el ala derecha se encontraban Mansfeld y Horne, y el ala izquierda iba a cargo de Aremberg y Brunswich. Ambas alas cayeron con extrema violencia sobre el ejército francés, que además de ser inferior en número se vio ampliamente desbordado a causa de las constantes descargas de los arcabuceros españoles, que destrozaban sin parar sus filas. La carnicería fue tal que los 5.000 mercenarios alemanes del bando francés decidieron rendirse en masa, dejando a numerosos soldados que se daban a la fuga. Únicamente resistía el centro, donde un apurado Montmorency recibía el implacable fuego de la artillería enemiga hasta que, viéndolo todo irremediablemente perdido, optó por una muerte honorable batiéndose cuerpo a cuerpo sin demasiado éxito. Fue capturado por un soldado español de caballería llamado Sedano, que por este hecho recibió un premio de 10.000 ducados, repartiéndolos luego con su jefe, el capitán Venezuela.



Resultado final

Sumando a las bajas en combate la matanza de huidos, que fue muy considerable, se calcula que el ejército francés perdió unos 6.000 hombres, resultando prisioneros 6.000 más. Entre éstos destacaban casi un millar de nobles, incluyendo al propio Montmorency, entre los cuales se hallaban los duques de Montpensier y de Longueville, el príncipe de Mantua y el mariscal de Saint André. Fueron capturadas más de 50 banderas y toda la artillería. Los 5.000 mercenarios alemanes que se habían rendido fueron repatriados a cambio del juramento de no servir nuevamente bajo banderas francesas por un período provisional de seis meses. Las fuerzas de Felipe II apenas sufrieron trescientas bajas entre muertos y heridos.
El Monasterio de San Lorenzo de El Escorial se edificó para conmemorar la victoria en San Quintín (10 de agosto de 1557, festividad de San Lorenzo)


Al conocer el resultado de San Quintín, Felipe II informó a toda su familia y decidió celebrar la victoria ordenando la construcción del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Fue dedicado a san Lorenzo, santo del día de la victoria. Seguidamente se acercó a felicitar al duque de Saboya, y —contra su opinión— decidió no atacar directamente París hasta no haber tomado la ciudad de San Quintín, aún en manos francesas. Los sitiados resistieron hasta el 27 de agosto, cuando una columna española, otra flamenca y una tercera inglesa asaltaron —con un duro cañoneo— varias brechas abiertas en la muralla. Los asaltantes pasaron a cuchillo a gran parte de la guarnición y capturaron también al almirante Coligny con varios nobles más. Felipe II dejó como guarnición al conde de Abresfem con 4.000 alemanes, regresando a Bruselas para la reunión de los Estados Generales.

En 1558 las tropas españolas volvieron a vencer a las francesas en la batalla de Gravelinas, forzando a Francia a firmar la Paz de Cateau-Cambrésis en 1559.

Cabe señalar que en esta batalla tuvo un importante papel el jefe de la artillería española: el militar flamenco Lamoral, conde de Egmont, que en 1568 fue ejecutado en Bruselas acusado de rebelión por el Tribunal de los Tumultos, fundado por el militar español Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba.
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Conquista y Colonización de Argentina

Este artículo trata de las acciones de conquista y colonización por parte de los españoles en parte del territorio de la actual República Argentina, entre los siglos XVI y XIX, incluyendo la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776, hasta la Revolución de Mayo sucedida el 25 de mayo de 1810, en la cual fue expulsado el virrey español y nombrada una junta de autogobierno.

La Conquista española (1516-1665)

  • Las capitulaciones y la fundación de Asunción

Expediciones iniciales

Planisferio de Cantino (1502), muestra la Línea de Tordesillas con la que se dividió el mundo en 1494. Sería aproximadamente el meridiano 60 en medidas actuales. En su extremo inferior izquierdo puede verse en blanco la zona (aún ignota por entonces) en la que se encontraba el actual territorio argentino

Los primeros europeos que llegaron a lo que actualmente es Argentina lo hicieron buscando un paso hacia Asia. Por entonces, América era sólo un obstáculo entre España y las riquezas de Catay y Cipango en Asia. La zona, además, estaba ubicada aproximadamente sobre la Línea de Tordesillas, la división del mundo que estableció el Papa entre España y Portugal y, por lo tanto, tenía para ambos países la condición de frontera aún no ocupada.

Aunque existen muchas discusiones sobre la autenticidad de los viajes de Américo Vespucio, conocidos por sus famosas seis cartas (en la cuarta, llamada Mundus Novus, es donde denomina "nuevo mundo" a la tierra a la que llegó Colón), varios historiadores defienden que participó de la primera expedición europea (portuguesa) en llegar al actual territorio argentino o más bien a las aguas del Río de la Plata y a las de la Patagonia, en 1502. De esa expedición no se guarda registro del nombre del capitán, ni del piloto, ni de ninguno de los expedicionarios con excepción de Vespucio. En una de sus cartas Vespucio describe un río que, por su ancho, no puede ser ningún otro que el Río de la Plata:
Pasado este cabo entra un río de mas de veinte leguas de ancho, a dos hay gentes que comen carne humana.

No obstante existe una controversia antigua y aún no resuelta en la tradición historiográfica, sobre la veracidad o no de los viajes de Vespucio al territorio rioplatense, dudando ciertos historiadores en la identificación de lo descrito supuestamente por Vespucio o incluso dudando de la autoría de las cartas referidas al Rio de la Plata, considerándolas apócrifas.

En 1516 el navegante Juan Díaz de Solís visitó lo que actualmente se conoce como Argentina, navegando el actual Río de la Plata, al que denominó Mar Dulce, llegando hasta la isla Martín García y navegando un breve trecho del Río Uruguay, donde murió en un combate con los charrúas. Es por tanto el primer extra-américano del que tengamos constancia segura en pisar suelo de la actual Argentina. Al regresar a España una de las carabelas naufragó frente a la Isla de Santa Catalina (actual Brasil), quedando abandonados allí 18 náufragos. Uno de ellos Alejo García fue el primero en conocer la leyenda del Rey Blanco, un monarca de un país tan rico en plata, que estaba recubierto en él, origen a su vez del término Argentina. Alejo García realizó una excursión a las tierras del Rey Blanco, con un grupo de guaraníes, llegando hasta zonas cercanas al cerro Potosí, donde se hizo de un enorme tesoro de piezas de plata. Al volver murió en un combate con los indios payaguás.

En 1519 y 1520 Hernando de Magallanes, en el primer y famoso viaje de circunvalación del mundo, recorrió toda la costa de la actual Argentina, hasta el estrecho que lleva su nombre al que llegó el 21 de octubre de 1520.

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Hernando de Magallanes recorrió la totalidad del litoral argentino en 1520, se encontró con los Tehuelches, a los que por su altura denominó como Patagones, en relación a un personaje de ficción de la época, y descubrió el estrecho que lleva su nombre. Se cree que naves de su expedición, desviadas por causa de un temporal, habrían llegado a las islas Malvinas; en su expedición viajó Antonio Pigafetta, autor de las primeras descripciones geográficas del país.

En 1525 fray García Jofre de Loaísa dirige una expedición que recorre la Patagonia e incluso se establecen brevemente en el puerto Santa Cruz para reparar dos naves.

En 1526 Sebastián Gaboto (italiano), zarpó de España para dirigirse a las islas Molucas en Oceanía, con el objeto de repetir el viaje de Magallanes y Elcano. Al llegar a Santa Catalina (Brasil), tomó contacto con los guaraníes que habían pertenecido a la expedición de Alejo García y llevado los tesoros de plata. También supo que se podía llegar a las tierras del Rey Blanco por un ancho río, el río de Solís, que se internaba hacia una tierra llamada "Sierra del Plata.

En abril de 1527 Gaboto ingresó al Río de la Plata y el 6 de abril estableció una pequeña fortaleza llamada San Salvador, cerca de la actual ciudad de Carmelo (Uruguay). Allí encuentra a Francisco del Puerto, sobreviviente del grupo de Solís, quien vivía con los charrúas y le confirma la existencia de un Imperio de Plata, aguas arriba. El 9 de junio de 1527 Gaboto ordenó establecer un fuerte al que llamó Sancti Spíritus, primer asentamiento europeo en el actual territorio argentino, cerca de la actual ciudad de Coronda, en la boca del Río Carcarañá, en la actual provincia de Santa Fe. Desde el fuerte Gaboto mandó tres expediciones; de dos de ellas nada se supo, pero la tercera, comandada por Francisco César, llegó a una sierras (posiblemente Córdoba) donde encontraron un pueblo que «cuidaban carneros de la tierra de cuya lana hacían ropas bien tejidas», posiblemente diaguitas. Recogieron también piezas de plata provenientes del norte.

Gaboto remontó el Río Paraná, llegando hasta Itatí. Luego remontó el Río Paraguay, ingresando aguas arriba por el Río Bermejo, pero debido a la resistencia de los payaguás volvió a Sancti Spíritus. Allí se encontró con otro expedicionario español: Diego García de Moguer.

García y Gaboto habían competido entre sí desde su salida simultánea en España. Ambos tenían como misión dirigirse a las Molucas. Diego García se demoró en Santa Catalina, pero decidió, al igual de Gaboto, alterar sus planes para internarse en el continente americano en busca del Rey Blanco y sus riquezas en plata. Al entrar por el río de Solís, lo denominó por primera vez Río de la Plata, asociándolo inconfundiblemente con la razón de su expedición. García tomó prisioneros a gran cantidad de indígenas, posiblemente charrúas y los mandó como esclavos a España en la carabela, siguiendo él y algunos de sus hombres, viaje aguas arriba con un pequeño bergantín, hasta llegar a Sancti Spíritus.

Inicialmente, García y Gaboto discutieron sobre quien de los dos tenía derecho de conquista. Pero poco después, ante la resistencia de los timbúes, ambos volvieron a San Salvador, dejando una pequeña guarnición en Sancti Spíritus al mando de Gregorio Caro. En septiembre de 1528 los timbúes atacan la guarnición y derrotan a los españoles. Aunque García y Gaboto, pensaron inicialmente en refundar Sancti Spíritus, finalmente decidieron retirarse definitivamente a España, donde difudieron las noticias sobre el Rey Blanco y el Río de la Plata. Portugueses y españoles aceleraron entonces los planes para tomar posesión de esa región, que ambos consideraban estaba de su lado de la Línea de Tordesilla.

En 1531 Portugal envió una gran expedición al mando de Martín Alfonso de Souza para tomar posesión del Río de la Plata y expulsar a los españoles. Llegó hasta la Isla Martín García, que rebautizó Santa Ana. Se internó por el Río Uruguay y se enteró que los españoles del fuerte San Salvador habían sido derrotados. Decidió entonces retirarse al Cabo de Santa María (donde actualmente se encuentra La Paloma, Uruguay). Allí tomó medidas astronómicas y llegó a la conclusión que estaba del lado español de la Línea de Tordesillas, por lo que volvió a Portugal sin realizar fundación alguna.
Buenos Aires, 1536

En 1536 Pedro de Mendoza fundó el Puerto de Santa María del Buen Ayre (luego acortado a Buenos Aires). Sin embargo, el asentamiento fracasó debido a las hambrunas y los conflictos con los indígenas. Algunos de los habitantes de la población, privados de alimentos y sitiados por los indígenas, se vieron llevados al canibalismo. La ciudad fue abandonada, y sus pobladores se establecieron en Asunción.

Luego de la conquista del Perú, la corona entregó títulos sobre las tierras de Sudamérica en " capitulaciones", concedidas al mejor postor. En 1534 La parte norte de la actual Argentina se entregó a Pedro de Mendoza y la mayor parte de la Patagonia le fue concedida a Simón de Alcazaba. Con posterioridad la región que se extiende desde el estrecho de Magallanes hasta el Polo Sur fue otorgada a Pedro Sarmiento de Gamboa. En los hechos, los españoles nunca tomaron control de amplios territorios sudamericanos, entre los que se encontraban la Patagonia, la mayor parte de la llanura pampeana, y el Gran Chaco.

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Mendoza llegó al Río de la Plata en febrero de 1536 y fundó el Puerto de Santa María del Buen Ayre, en honor a la virgen de Bonaria, de la ciudad de Cagliari, en Cerdeña, patrona de los navegantes. Oficialmente se ha establecido que la ciudad se habría asentado en el actual Parque Lezama de Buenos Aires, aunque existen serias dudas.[3] El trato con los pampas y querandíes que habitaban el área fue al comienzo cordial, abasteciéndose la expedición de víveres gracias a ellos, pero como estos pueblos eran nómadas y llevaban una economía de subsistencia, pronto las relaciones se tensaron debido a que los españoles demandaban lo que los "indios" no tenían para dar. Así, mientras los capitanes de la expedición recorrían la región en busca de oro y plata, quienes se quedaron en la ciudad guerreaban constantemente con los locales. En esta situación tras una cruel matanza de aborígenes, éstos cercaron la ciudad, llevando a sus ocupantes a la hambruna y el canibalismo.

Mientras tanto Juan de Ayolas remontó el río Paraná, a orillas del cual fundó el fuerte Corpus Christi, cerca de las ruinas de Sancti Spiritus. En el norte del Paraguay, sobre el río del mismo nombre, fundó Candelaria, desde dónde saldría en dirección al Alto Perú como gobernador delegado desde que Mendoza volvió a España debido a su salud, muriendo de sífilis en el trayecto.

Desde Candelaria, Domingo Martínez de Irala y Juan de Salazar de Espinosa continuaron la exploración, cuyos resultados fueron la fundación de Asunción (1537) y la llegada a la ansiada "Sierra del Plata", en realidad el cerro Potosí, a la que otra expedición española había arriba con anterioridad. Por su extraordinaria riqueza en plata Potosí se convertiría en el centro económico de la dominación española en América del Sur.

En 1537, a raíz de la muerte de Mendoza, la corona dictó la real cédula del 12 de septiembre de 1537, que determinaba que, en caso de la muerte de Ayolas, quedaría a cargo un gobernador elegido por el voto de los habitantes. Tras la muerte de Ayolas, Irala fue elegido gobernador y entró en conflicto con Francisco Ruiz Galán, comisionado por Mendoza a cargo de Buenos Aires. Al frente del gobierno, Irala ordenó el despoblamiento de Buenos Aires, lo cual ocurrió en 1541.

En el caso de la otra capitulación que cubría el actual territorio argentino, a cargo de Simón de Alcazaba y un grupo denominado "los leones", tuvo destino trágico. A principios de 1535 la expedición llegó al Golfo de San Jorge, actual Chubut, donde fundó el fuerte denominado Nueva León, desde el cual realizaron varias expediciones. Sin embargo, debido a las inclemencias del clima y el terreno, los pocos sobrevivientes se amotinaron, mataron a Alcazaba y se dedicaron a la piratería.

En cuanto a Sarmiento de Gamboa, logró fundar Filipolis (o Real Felipe) y Nombre de Jesús en el estrecho de Magallanes (actualmente jurisdicción chilena), pero estas fundaciones fracasaron por el clima y -sobre todo- por la actividad de corsarios ingleses (Sarmiento de Gamboa fue secuestrado por éstos).

De este modo puede decirse que las capitulaciones tuvieron pobres resultados, con excepción de la fundación de Asunción del Paraguay, conocida como "Madre de Ciudades", pues se constituyó en la base española para la conquista y colonización de la mayor parte de lo que luego sería la Argentina, Paraguay y Uruguay y el sector oeste de Bolivia (Santa Cruz de la Sierra).

La fundación de Santiago del Estero y la conquista del reino de Tucma o Tucumán

El interior argentino comenzó a ser explorado poco después de la conquista del Perú. En 1536 Diego de Almagro recorrió el norte en busca de un paso hacia Chile. Fue Diego de Rojas el primero en realizar una exploración con destino al territorio entonces conocido como Tucumán. Entrando por la Quebrada de Huamahuaca en 1543, Rojas fue muerto en una reyerta con los indígenas en Santiago del Estero. La expedición continuó al mando de Francisco de Mendoza, con quien llegaron al río Paraná. Sin embargo Mendoza fue muerto por sus hombres debido a su trato despótico y los sobrevivientes volvieron al Perú. El gobierno peruano, a cargo del "pacificador" Pedro de la Gasca, encomendó una tercera expedición al mando de Juan Núñez del Prado, quien comenzó su marcha en 1549 con el objetivo de colonizar el territorio. La "entrada" de Núñez del Prado consiguió su objetivo en 1550 con la fundación de la ciudad Del Barco al amparo de la sierra del Aconquija (actual provincia de Tucumán). Poco tiempo después llegó al lugar Francisco de Villagra, lugarteniente del adelantado de Chile, Pedro de Valdivia, alegando que esas tierras correspondían a la jurisdicción de la Capitanía General de Chile. Núñez del Prado decidió trasladar la ciudad más al norte, en los Valles Calchaquíes, de difícil acceso y dónde se habían refugiado varias tribus aborígenes de la persecución española. La hostilidad de los diaquitas determinó que la ciudad del Barco se trasladase una segunda vez, nuevamente al sur, estableciéndose a orillas del río Dulce (actual Santiago del Estero). Enterado de esto, Valdivia envió a Francisco de Aguirre para remplazar a Núñez del Prado, a quien despachó al Perú apresado. Ya en posesión de la ciudad, decidió un tercer traslado, dos km al sur, a un lugar más elevado, renombrándola Santiago del Estero (1553).

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La provincia del Tucumán siguió dependiente de Chile por diez años. En ese período se fundaron tres ciudades como defensa de Santiago del Estero, Cañete, Londres y Córdoba del Calchaquí, pero la hostilidad del gobernador Castañeda hacia los indios determinó un alzamiento de éstos bajo la dirección de Juan Calchaquí, cacique de los Omaguacas, quienes destruyeron las ciudades establecidas como defensa. Cuando en 1563 Felipe II decretó que el Tucumán dependería de la Audiencia de Charcas, fue nombrado gobernador nuevamente Francisco de Aguirre. Éste decidió reconstruir las ciudades que habían sido destruidas, y, en 1565 Diego de Villaroel fundó San Miguel de Tucumán dónde antes había existido Cañete. El sucesor de Aguirre, Jerónimo Luis de Cabrera, busco desprenderse de la tutela de Charcas, orientando la colonización hacia el Atlántico para relacionarse directamente con España. Así, en 1573 fundó la ciudad de Córdoba de la nueva Andalucía.

La refundación de Buenos Aires desde Paraguay

En el Río de la Plata, la colonización se había concentrado en el Paraguay, donde los guaraníes eran numerosos y sedentarios, pasibles de ser encomendados. Luego del largo gobierno de Irala, el gobernador Juan de Garay tenía la misma idea que Cabrera, de manera que en 1573 marchó a repoblar Buenos Aires. En el camino a la vera del Paraná se encontró con Cabrera, quien le reconoció el derecho sobre la zona. Garay entonces decidió fundar en el lugar una ciudad intermedia: Santa Fe de la Vera Cruz. La tarea de Garay se completó en 1580, cuando fundó la ciudad de Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre, que con el tiempo sería conocida como Buenos Aires.

La fundación de Mendoza y la conquista del territorio huarpe desde Chile

En la región del Cuyo, todavía bajo autoridad de Chile, ese gobierno hizo fundar en 1561 la ciudad de Mendoza, por Pedro del Castillo, reemplazada al año siguiente por Juan Jufré, cuyo hijo, Luis Jufré, fundó la ciudad de San Juan de la Frontera en 1562. Años más tarde, en 1594 sería fundada San Luis de la Punta de los Venados, atribuida a Luis Jofré de Loaysa, completando la colonización de Cuyo, habitada por los pacíficos huarpes, quienes debieron sufrir duramente el yugo impuesto por los conquistadores (trabajo y muerte en las minas de Chile), hasta que un casi completo mestizaje con los europeos trajo la paz.

Fundación de ciudades que serían las semillas de las futuras provincias

Desde los distintos centros españoles instalados originalmente en territorio argentino, la colonización continuó de manera paulatina, mediante la fundación de ciudades que siglos más tarde serían origen de las provincias argentinas: Hermando de Lerma funda en 1582 la ciudad de San Felipe de Lerma en el Valle de Salta, en 1588 culmina el proceso en la provincia del Río de la Plata con la fundación de San Juan de Vera de las Siete Corrientes, en 1591 Juan Ramírez de Velasco funda la ciudad de Todos los Santos de la Nueva Rioja, y en 1593 es fundada San Salvador de Jujuy por Francisco de Argañaraz. La última de las ciudades argentinas es San Fernando del Valle de Catamarca, fundada en 1683 por Fernando Mate de Luna.

Las Guerras Calchaquíes entre españoles y diaguitas

Durante todo el período de la conquista los españoles no habían logrado penetrar en los Valles Calchaquíes, donde se habían refugiado la cultura diaguita (autodenominada pazioca), una avanzada confederación de señoríos agroalfareros independientes perteneciente a la Cultura Santa María, unidos por una lengua común, el kakán y parte a su vez del gran grupo de la civilización andina. Los españoles se refirieron a sus integrantes, incorrectamente, como calchaquíes, nombre correspondiente a uno de los señoríos paziocas. Los señoríos paziocas estaban reunidos en tres grandes naciones: pulares al norte, diaguitas al oeste y calchaquíes el este. Una antigua tradición de independencia de los paziocas y la escasa cantidad de invasores españoles en el Tucumán, permitió una serie de actos de defensa de su territorio por parte de la confederación Pazioca. Estas luchas han sido históricamente conocidas como las Guerras Calchaquíes que se extendieron por más de un siglo y que comenzaron en 1562.
Trasegando de lo bueno en un bodegón de puntapié en una calle cualquiera de una villa del Siglo de Oro. - Ilustración de Joan Mundet.

La Primera Guerra Calchaquí se desató en 1562 y fue conducida el cacique Juan Calchaquí, curacas Quipildor y Viltipoco. La confederación logró mantener a los invasores fuera de su territorio, arrasando las tres ciudades nuevas fundadas por los españoles: Cañete (Tucumán), Córdoba de Calchaquí y Londres (Catamarca). La historiografía hispano-americana considera a esta guerra como "una de las mayores tragedias de nuestra historia".[4] Esta guerra provocó la decisión del Rey español en 1563 separar el Tucumán de Chile para crear una gobernación dependiente del virrey de Perú.

En Segunda Guerra Calchaquí duró 7 años (1630-1637) y fue dirigida por el Curaca Chalamín. Los diaguitas volvieron a destruir las ciudades instaladas por los invasores, Londres II (Catamarca) y Nuestra Señora de Guadalupe (Calchaquí). En 1637 el ejército español atrapó y ejecutó al curaca Chalamín. Los habitantes del señorío diaguita, que condujo la guerra, fueron deportados y reducidos a la esclavitud por los españoles.

La Tercera Guerra Calchaquí se extendió por ocho años (1658-1667). Esta guerra tuvo la particularidad de que, en sus inicios, actuó un aventurero andaluz, Pedro Bohórquez, quien sostenía ser inca, fue aceptado como líder militar por los paziocas. Bohórquez maniobró con astucia, obtuvo incluso el apoyo de los jesuitas, y organizó un sólido ejército pazioca con el que mantuvo el control de la región durante varios años. Sin embargo en 1659 pero se entregó a los españoles con la intención de ser perdonado, quienes lo enviaron a Lima y finalmente lo ejecutaron. La confederación continuó la guerra dirigida por José Henriquez. Al ser vencido el señorío de los Quilmes en 1665, que condujo la tercera guerra, los españoles dispusieron su completo desarraigo y deportación a una zona cercana a Buenos Aires, donde finalmente fueron exterminados.[5] En ese lugar hoy se levanta la ciudad de Quilmes. La guerra terminó el 2 de Enero de 1667 al ser vencidos el último de los señoríos paziocas, los Acalianes o Calianos.[6] Los españoles tomaron la decisión de dividir, deportar y reducir a los pueblos pazioca a la esclavitud.

La colonia y el Virreinato (1665-1810)

La represión de los indígenas de los valles Calchaquíes, la entrega en mita de muchos de ellos para trabajar en las minas del Potosí, el proceso de mestizaje y la gran aculturación hicieron que las encomiendas que alguna vez florecieran en el Tucumán fueran reemplazadas por un campesinado relativamente libre. En la segunda mitad del siglo XVI, tanto el Alto Perú y el Tucumán, como el Paraguay exigían la creación de un puerto en el Atlántico sur para poder establecer lazos de comercio más cercanos con España y a la vez disminuir su aislamiento. Es por estos motivos, y por la amenaza de incursiones extranjeras en el Río de la Plata que la Corona española autoriza la segunda fundación de Buenos Aires. Desde entonces se convirtió en la salida natural de los productos altoperuanos (entre ellos la plata) y del Paraguay. Se estableció entonces, en la década de 1580, un lucrativo comercio entre el Tucumán y el Brasil, a través de la ciudad. Sin embargo, debido a la salida no autorizada de metales precisos por esta vía, en 1594 la corona prohíbe el comercio en el puerto de Buenos Aires, con algunas excepciones para evitar el desabastecimiento de la población: la autorización de fletar dos embarcaciones anuales con productos de la zona (cueros, principalmente), y una cierta tolerancia al contrabando.

El contrabando

Es justamente esto último (el contrabando) lo que sería la principal actividad económica de Buenos Aires colonial pre-virreinato, y un constante objeto de persecución de algunas autoridades. Entre éstos se destacó Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias), primer gobernador del Río de la Plata nacido en América y fue uno de los más destafadores del mundo. Su constante lucha contra los contrabandistas criollos y portugueses en el Plata fue, sin embargo, en vano. Es por ello que, en 1617, obtiene la división de la provincia en dos: el Paraguay y el Río de la Plata (territorios de las ciudades de Buenos Aires, Santa Fe y Corrientes).

El contrabando se realizaba en forma bastante abierta: generalmente un barco portugués, holandés o francés se averiaba en las cercanías de la ciudad y solicitaba las reparaciones necesarias, las cuales pagaba con parte de la carga que llevaba. Muchos comerciantes hicieron grandes fortunas en Buenos Aires, debido a la necesidad de bienes materiales e insumos que eran necesarios en Tucumán y el Alto Perú, que se hacían innecesariamente onerosos a través del sistema de flotas y galeones, que debía atravesar el istmo de Panamá, embarcados hasta Lima y luego cruzar los Andes (y varias aduanas secas). Una aduana seca establecida en Córdoba en 1622 fue la reacción para detener la demanda de bienes contrabandeados.

La fundación de la Colonia del Sacramento por los portugueses justo enfrente de Buenos Aires en 1680, vino a reafirmar el crecimiento del contrabando. Tomada meses después por el gobernador del Río de la Plata José de Garro con un contingente de indios de las Misiones, fue restituida a Portugal un año después por un tratado. Colonia fue nuevamente tomada en 1705, bajo el influjo de la Guerra de Sucesión Española, para ser devuelta nuevamente en 1715, esta vez bajo el influjo de la Paz de Utrecht. La pelea entre España y Portugal por el Río de la Plata continuó en 1724, cuando el gobernador español Bruno Mauricio de Zavala funda la ciudad de Montevideo para evitar la toma de esa bahía por un contingente proveniente de Brasil. En 1750, España, por el Tratado de Permuta, intercambia Colonia a cambio del Mato Grosso y parte de las misiones guaraníticas, originando una guerra entre bandeirantes y guaraníes. Este tratado fue a su vez derogado en 1761, y en 1762, a causa de la Guerra de los Siete Años, el gobernador Pedro de Cevallos toma por tercera vez Colonia, que es devuelta al año siguiente por España a cambio de La Habana y Manila, tomadas por los ingleses.

Es finalmente en 1776 que España se da cuenta de que debe actuar para echar a los portugueses del Río de la Plata, cuando decide la creación del virreinato. Así es como Pedro de Cevallos es enviado a cargo de un importante ejército, que fue aumentado con un contingente de guaraníes, acostumbrados a luchar con los portugueses. Cevallos toma Colonia y la destruye, sembrando sal en el lugar de forma simbólica, ya que la ciudad sería luego repoblada por criollos. Mientras preparaba el ataque a la provincia portuguesa de Río Grande del Sur, se firma en 1777 el tratado de San Ildefonso, que repite las cláusulas del de Permuta.

Las reducciones jesuíticas

En 1609 se funda la primera de las misiones jesuíticas guaraníes. Las treinta misiones llegaron a ser, en el siglo XVIII, un verdadero emporio comercial, un "estado dentro del estado" como lo denominaban sus detractores, que se estableció como un sistema de organización económica y social distinto al de las colonias que las rodeaban. Es por esto, por el respeto que los jesuitas tuvieron por la organización social comunitaria de los guaraníes, en lo que se basó el crecimiento de ellas. Las misiones eran pueblos indígenas, administrados por los mismos guaraníes (bajo la mirada paternalista de los misioneros), donde la tierra se dividía en dos: la tupá mbaé (propiedad de dios), comunitaria, y la avá mbaé (propiedad del hombre), para la explotación familiar. El excedente era comercializado por todas las colonias circundantes (el Plata, Tucumán, el Brasil y hasta el Alto Perú y España) y les proporcionaba medios a los jesuitas para expandir las misiones y mantener sus colegios y universidades (como los que tenían en Córdoba, centro regional de la Compañía de Jesús).

Los principales productos comercializados por las misiones eran la yerba mate, el tabaco, el cuero y las fibras textiles. Sin embargo, las misiones debieron soportar un fuerte asedio de los bandeirantes, partidas de portugueses que se internaban en la selva para cazar indios con el objeto de venderlos como esclavos en su base de San Pablo, que irónicamente nació como reducción jesuita). Las misiones jugaron un papel clave en la defensa del Paraguay y el Río de la Plata de la expansión portuguesa. Justamente, después de la batalla de Mbororé, en 1641 (que duró 10 días), en la que un ejército de guaraníes al mando de los jesuitas (muchos de los cuales habían sido antes soldados) derrotó a una bandeira, que se les permitió por primera vez a los indígenas utilizar armas de fuego (si bien sólo las de menor calibre). Estos ejércitos misioneros fueron de gran utilidad durante los enfrentamientos entre España y Portugal en el Río de la Plata.

No sólo a trabajar, rezar y pelear les enseñaron los jesuitas, sino también música y arte. Es así que, luego de la expulsión de los jesuitas, muchos guaraníes se trasladaron a las ciudades coloniales, como Corrientes, Asunción o Buenos Aires, donde se destacaron como compositores y maestros de música, plateros y pintores. En 1767 España expulsa a la Compañía de Jesús de sus posesiones, con lo cual los pueblos de indios pasaron a depender de gobernadores civiles españoles, que los explotaron impunemente, hasta el punto que a principios del siglo XIX casi todas las misiones estaban despobladas y en ruinas.

Las verdaderas "misiones"

Los españoles no solamente les hicieron la guerra a los aborígenes. Entre ellos había muchas discusiones y diferentes opiniones sobre cómo tratarlos. Así, surgieron también organizaciones que, si bien tenían como objetivo colonizarlos y a menudo colaboraron con este fin, también propiciaron experiencias de integración pacífica. Las misiones eran establecimientos de órdenes religiosas de la Iglesia Católica, cuyo objetivo fundamental era evangelizar a los pueblos originarios, es decir convertirlos al cristianismo. Además, en ellas se procuraba agrupar a los aborígenes en un sitio fijo, educarlos en los conocimientos de los europeos, y acostumbrarlos a la disciplina y técnicas del trabajo occidental. Esta acción educativa y disciplinaria de las misiones tuvo un doble papel: por un lado, la colaboración en algunos aspectos con los objetivos de la conquista; por el otro, la parcial protección a los pueblos originarios respecto de la violencia militar típica de los conquistadores. Las misiones, entonces, mitigaron la voracidad de quienes sólo querían esclavizarlos, sin que les importaran sus vidas. Sin embargo, también ellas se beneficiaban del trabajo aborigen, y en muchos casos contribuyeron a sujetar por la vía pacífica a aquellos grupos no sometidos por la fuerza militar. Como una consecuencia menos inmediata de su paso por las misiones, la experiencia de los aborígenes en las mismas produjo importantes transformaciones culturales entre algunos grupos. Muchas lenguas americanas fueron volcadas a la palabra escrita, y se compusieron varios diccionarios y catecismos en idiomas originarios, cuya finalidad era facilitar la evangelización.

Economía colonial

Durante la era colonial y hasta el Reglamento de Comercio Libre de 1778, la economía del Tucumán y Cuyo estaba dedicada a la producción de insumos y bienes de consumo para los mercados del Alto y Bajo Perú, Buenos Aires y Paraguay. Así, vinos y aguardiente de Cuyo, mulas de Córdoba, tejidos de Salta y Tucumán, carretas de Córdoba y Tucumán, etc., se producían bajo el amparo del proteccionismo español. En el siglo XVIII, bajo los Borbones, la actitud comenzó a variar, buscando proteger los intereses comerciales de los productores peninsulares en los mercados cautivos coloniales.

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En un primer momento, la actitud fue eliminar a la competencia: en la localidad riojana de Aimogasta se conserva el "olivo histórico", según la tradición, el único sobreviviente de la tala ordenada por Carlos III para eliminar la competencia de las aceitunas españolas en el Plata (curiosamente, el español Antonio de Alcedo, en su obra Diccionario goegráfico-histórico de las Indias Occidentales o América, de 1786-1789, menciona que La Rioja "tuvo en otro tiempo algunos olivares, y viendo los vecinos las grandes utilidades que les producía el aceyte dieron en economizarlo de modo que ni aun para las lámparas de la Iglesia querían darlo, poniendo sebo en su lugar; desde entonces fuese castigo del Cielo ó casualidad apenas se halla hoy vestigio de ellos"; una visión algo distinta).

El comercio libre tuvo consecuencias desastrosas para la economía del interior de la actual república Argentina, de la que solo algunos sectores, como el aguardiente, las carretas y artículos de montura y transporte, y los tejidos de lana, pudieron sobrevivir. Por el otro lado, los comerciantes de Buenos Aires tuvieron un súbito aumento de su actividad, lo que trajo un auge comercial, poblacional y cultural a la capital del nuevo virreinato. El traslado de la aduana seca de Córdoba a Jujuy en 1696 estableció, para siempre, el área económica bajo dominio porteño y la frontera norte de la futura Argentina. En la Pampa, durante la colonia, la principal actividad económica era la ganadera. En un principio, debido a la existencia de miles de cabezas de ganado cimarrón, esta actividad se efectuaba a través de las "vaquerías", partidas que se internaban en la llanura desolada para capturar y desollar al ganado vacuno, muchas veces dejando la carne atrás, de menor valor económico. Cuando este ganado cimarrón comenzó a disminuir su número, comenzó el momento de las estancias y del ganado marcado, y de una mayor utilización del animal: nacieron entonces las fábricas de cebo y los saladeros.

Organización social

La sociedad colonial presentó aspectos disímiles de acuerdo a la región. En el interior, se determinó una sociedad de castas fuertemente diferenciadas, los hacendados blancos eran la cúspide de ésta y el poder en las ciudades, eran educados y refinados, mientras que el campesinado mestizo estaba en condiciones cuasi serviles. La población negra era muy escasa, reducida casi en su totalidad al servicio doméstico, salvo en ciudades algo más mercantiles como Córdoba. Al momento de la independencia, existían todavía algunas encomiendas en el NOA. En cambio, en el litoral, y especialmente en Buenos Aires, los estancieros no representaban (todavía) la cúspide de la sociedad, sino que eran productores medianos, de carácter rudo debido a la actividad ganadera y que residían la mayor parte del tiempo en la campaña. La elite porteña estaba representada por los comerciantes.

Sin embargo, con la instalación del virrey y el comercio libre, se instaló, aún por encima de aquellos, una burocracia a la que solo podía acceder los nativos de España, si bien en las posiciones más bajas se admitían criollos; y la multiplicación del comercio con España trajo la instalación de varias casas comerciales españolas se instalaron en la ciudad, compitiendo con los comerciantes criollos, de menores recursos. Comenzaba así la dicotomía entre criollos y peninsulares. En Buenos Aires, hacia esa época un casi un tercio de la población era negra, y si bien algunos se dedicaban a tareas domésticas y aún menos a tareas agropecuarias, la gran mayoría era instruida en algún oficio (como zapatero, por ejemplo), o se dedicaban al comercio ambulante, trabajabando de esta manera para el beneficio de sus amos.

Más que cualquier otro, el grupo humano que definió la colonia en la Argentina (aunque no estuviera presente en todas las regiones) fue el gaucho. En un ambiente social, el de la pampa, dónde el mestizaje fue minoritario, y en que el eje estaba centrado hegemónicamente en la ciudad y no en el campo, como fue el mundo pampeano previo a la aparición de la estancia como modo económico productivo paradigmático, aquellos que llevavan la marca en el orillo de la sangre indígena estaban destinados a ser alejados de ese mundo ciudadano. Nacidos de los encuentros de las vaquerías y las tolderías, su mundo era el campo. El gaucho es un ser seminómade, que en ocasiones mantiene una fammilia en un lugar fijo, pero que las más de las veces deambula, trabajando de a ratos, más después del fin de las vaquerías, para luego partir cuando ya no necesita del trabajo para sobrevivir. Ya desde el siglo XVIII es visto por las autoridades como parte de los "vagos y malentretenidos", criminales a quien hay que combatir. Pero será más adelante que se planteará el problema del gaucho, en el universo colonial no es un grave problema, ya que es parte del modo de vida tradicional pampeano.

La creación del Virreinato del Río de la Plata trajo un auge de la ciudad de Buenos Aires, donde, en pocos años, se instalaron la administración burocrática virreinal, la aduana (1778), el Consulado (1794), obra de la iniciativa de Manuel Belgrano, la Audiencia (1785), el protomediacado, la Academia de Náutica y la Escuela de Dibujo (1798), esta última iniciativa también de Belgrano. El primer periódico nace en 1801, El Telégrafo Mercantil, que duraría poco debido a la censura del virrey. El segundo, el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, editado por Hipólito Vieytes en 1802, corre la misma suerte. La población de la ciudad crece de 9.568 en 1744 a 32.069 en 1778 a más de 40.000 en 1797 y a casi 100.000 en 1810.

España había impuesto el cristianismo y el idioma castellano en gran parte del actual territorio argentino. Por otra parte, en la América española regían las costumbres y modas españolas, así como las indoamericanas, y en menor medida las francesas y africanas.

Extraido en Wikipedia
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